MANIFIESTO: NO SON GENIOS LO QUE NECESITAMOS AHORA. José Antonio Coderch (1913-1984). Domus.

JOSE ANTONIO CODERCH

“Al escribir esto no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de veinte años de oficio, circunstancias imprevisibles me han obligado a concretar mis puntos de vista y a escribir modestamente lo que sigue:

Un viejo y famoso arquitecto americano, si no recuerdo mal, le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: “Abre bien los ojos, mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas.” También le decía: “Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves.” Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.

No, no creo que sean genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que de tradición constructiva y, sobre todo, moral ha quedado en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.

Necesitamos que miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (en mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días, medianamente dotado, preparado o formado, si puede entender esto también puede fácilmente realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.

Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser diversas en muchos aspectos, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y no es un fin en sí, sino una consecuencia.

Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza, más que en doctrinarismo. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.

Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieran los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellos depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo. Esta aristocracia, hoy, prácticamente no existe, ahogada en su mayor parte por el materialismo y la filosofía del éxito. Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos individualmente constituir una nueva aristocracia. Este es un problema urgente, tan apremiante que debe ser acometido en seguida. Debemos empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y entonces, sólo entonces, podremos hablar de ello.

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo, el amor, que es aceptación y entrega, no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.

Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar o conocer más o menos profundamente las realizaciones, los signos exteriores de riqueza espiritual de los grandes maestros. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación que se emplean (signos exteriores de riqueza económica) en nuestra sociedad capitalista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos menores de sesenta años, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos como decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.

Es por lo menos curioso que se hable y se publique tanto acerca de los signos exteriores de los grandes maestros (signos muy valiosos en verdad), y no se hable apenas de su valor moral. ¿No es extraño que se hable o escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y ante su trabajo?

¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo conozco a personas que han trabajado con él) y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?

Es más curioso todavía el contraste entre lo mucho que se valora la obra de Gaudí, que no está a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de la moral o la posición ante el problema de Gaudí, que esto sí está al alcance de todos nosotros.

Con grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras, o , mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, que es precisamente lo que está a nuestro alcance. Claro está que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, y esto no se hace así porque casi todos los arquitectos quieren ganar mucho dinero o ser Le Corbusier; y esto el mismo año en que acaban sus estudios. Hay aquí un arquitecto, recién salido de la Escuela, que ha publicado ya una especie de manifiesto impreso en papel valioso después de haber diseñado una silla, si podemos llamarla así.

La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco el comportamiento cultural, que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.

Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que no eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más dedicación, menos orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases que tenían un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero afortunadamente sin esa sensación, que hoy no podemos evitar, de que la evolución de la sociedad es muy difícil de prever como no sea a muy corto plazo.

Hoy día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones contribuyen decisivamente, por su inutilidad, espíritu de lucro, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades al desconcierto arquitectónico actual.

Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etcétera, que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad (son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa) y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.

Como he dicho ya en líneas anteriores, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación, no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino imprescindible que haya de seguir la gran mayoría de los arquitectos que ejerce su oficio en todo el mundo. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación rigurosa del método o la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de pensar), nuestra ambición y nuestra ligereza. Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en slogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social y tantos otros. Una base formalista y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros. Y aquí vuelvo al principio de esto que he escrito, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción”.

José Antonio Coderch (1960)

Publicado en la Revista Domus. 1961.

Tomado de: http://www.arquimagazine.com/5411/jose-antonio-coderch/#.Um_CqRBmKjZ

Imágenes Casa Ugalde 1951-52: http://afasiaarq.blogspot.com/2011/12/jose-antonio-coderch-manuel-valls.html

Libro sobre Coderch:

LO MEJOR DE NUESTRAS VIDAS. Homenaje a Joel Sanz (1947-2013). Oscar Tenreiro

HOMENAJE JOEL SANZ

Ricardo Lagos, ex-Presidente de Chile declara en una entrevista para El País de Madrid: En Chile, la dictadura nos robó lo mejor de nuestras vidas. ¿No podemos decir los venezolanos, exactamente lo mismo? Lo creo, y vuelve en mí esa convicción con toda su fuerza con motivo de la reciente muerte, súbita, del colega Joel Sanz, nacido en Noviembre de 1947.

Si dejamos aparte todo aquello que nos hace singulares, Joel era uno más de los venezolanos que han visto con estoicismo mezclado con una muy explicable sensación de frustración el transcurrir de los últimos quince años, dominados por una especie de reinado de la mediocridad y el resentimiento. Tiempo en el cual el desdén hacia la idoneidad profesional en provecho de la sujeción política ha sido la norma, con algunos momentos, muy raros y ya lejanos en el tiempo, de efímera apertura.

Sabemos que esa sujeción impuesta desde el Poder ha sido un mal venezolano, pero en este tiempo de espejismos revolucionarios ha llegado a niveles como nunca en nuestra historia. Y si los espacios de trabajo públicos para los arquitectos han sido aquí tradicionalmente una reserva para allegados y amigos, siempre hubo alguna posibilidad de que se abrieran oportunidades, algo que hoy resulta prácticamente imposible a menos que se cultive y rinda culto a la hipocresía.

En un escenario así personas como Joel Sanz, veraces, de cordialidad sincera pero nunca complaciente, conscientes de que su valor personal y profesional era resultado de un proceso de maduración profundo y auténtico, en el que las apariencias poco contaban, tenía necesariamente que verse en situación difícil, colocado en cierto modo al margen, en una frontera problemática.

II
Todos en nuestro mundo profesional hemos estado asediados por este contexto hostil y desde todo punto de vista absurdo en un país donde todo está por hacerse. Y la muerte de Sanz, Premio Nacional de Arquitectura del año 2000, nos lo hace notar, de nuevo, de un modo estridente y doloroso.

Toda muerte, eso creo, es un mensaje, una llamada, una señal a menudo incomprensible. Y para mí la de Joel Sanz, aparte de esa dificultad para entenderla, me induce en cierto modo a gritarle en la cara a quienes teniendo en sus manos la posibilidad de que gentes como él dijesen una palabra fuerte a través del hacer, de su obra, se mantengan pasivos o incluso sigan practicando esa absurda doctrina de la exclusión, asunto central del proceder público dominante aquí. Porque Joel era un arquitecto que pudo construir muy poco hasta llegar últimamente a enfocarse sólo en la docencia, pese a su muy sólida formación: conocimiento constructivo que se expresaba por ejemplo en el dominio del detalle, hábil y atractivo manejo de los materiales, un sentido intuitivo de las formas de trabajo de la estructura, y una gran facilidad para la organización del edificio. Todo unido a un sólido compromiso estético que lo llevó a proponer imágenes de arquitectura que deben perdurar aunque sea en el mundo virtual, tarea que corresponde realizar ahora a sus legatarios, sus colegas cercanos del mundo universitario (la Unidad Nueve de la UCV), compromiso docente que cultivó con entrega y una rara vocación. Porque no puede dejarse de relacionar la personalidad de Sanz con esa labor de profesor que estimuló en muchos el amor a la arquitectura, a la vez que insistía en la necesidad de rigor, de estudio y de trabajo fuerte, virtudes que le fueron propias.

III
Era Joel Sanz ese tipo de arquitecto nuestro que, sin estar demasiado consciente de ello, ejerce considerando suyas las mejores cosas de la tradición moderna: la forma es esencialmente resultado y mucho menos imposición previa, siendo la organización del edificio uno de sus orígenes; la propuesta estructural se asume como hilo conductor del proceso; el edificio resuelve problemas, responde a ellos, se vincula positivamente a un programa sin que este requisito se imponga; agudeza en la identificación de ciertas líneas maestras que orientan el diseño (la topografía, los accidentes naturales, las direcciones visuales en contextos urbanos); importancia de las proporciones: el hombre como referencia permanente. Agudeza ayudada por un talento innato, reconocible en su capacidad para el dibujo, expresiva, precisa, capaz de, incluso, llevarlo a la vez por direcciones opuestas, lo cual le provocaba no pocos conflictos. Y objetivos estéticos muy bien inscritos en nuestro momento histórico. Tal vez digo demasiadas cosas difíciles de expresar (recordemos que la arquitectura se muestra, no se explica) pero sé también que hay pocos arquitectos de ese tipo aquí y en cualquier parte, porque ha ido pesando demasiado la superposición de modas o tendencias orientadas por la pulsión artística.

No creo que haya entre los colegas de aquí, que ven en nuestra disciplina un sentido más profundo que el de simple medio de sustento, conscientes de su dimensión cultural, de las exigencias intelectuales en el sentido tan bien definido por Carlos Raúl Villanueva, que dude en decir que con la muerte de Joel Sanz pierde Venezuela uno de sus mejores arquitectos. Y lo más irónico, lo que precisamente nos lleva a increpar al puñado de colegas que conscientes o no de su complicidad son parte de una suerte de mafia sumisa que soporta directa e indirectamente la parodia política que rige a Venezuela, es que muere sin haber podido dejarnos lo que sus capacidades le hubieran permitido hacer. La cultura venezolana es la que pierde y eso cuenta, porque en ella se mostrarán las consecuencias de la desgraciada coyuntura política que hemos vivido, sea cual sea su nombre, durante quince años. Y ha hecho posible tantas cosas que nos han robado lo mejor de nuestras vidas.

Si le interesa leer los otros dos artículos de O.T. referidos a Joel Sanz visite:

NO PERDER EL ALMA: http://oscartenreiro.com/2013/09/14/no-perder-el-alma/

TRISTEZA: http://oscartenreiro.com/2013/09/21/tristeza/

ENTREVISTA: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER (1944). “En América Latina el sistema educacional fue construido para una minoría”. Redacción Vivir. El espectador. Colombia

BRUNNER RIED

El chileno, autoridad mundial en educación, asegura que los profesores de hoy no entienden cómo aprende la mente de los jóvenes entre los 18 y los 25 años.

Cada paso del chileno José Joaquín Brunner Ried —exministro de Estado de ese país, sociólogo— es cuidado por dos mujeres que “le hablan al oído”. Se preocupan porque tenga su café en la mesa a tiempo, y porque por lo menos coma fruta y queso al desayuno. Brunner es una especie de celebridad mundial en el sector educativo. Una autoridad. Un investigador juicioso y reputado.

Estuvo en Colombia, invitado por la Universidad del Rosario de Bogotá, para hablar frente a decenas de profesores —en la celebración de su día— sobre las transformaciones que ha sufrido este oficio. Sobre la brecha insuperable que existe hoy entre los viejos y los más jóvenes, porque los primeros defienden una metodología que “va a desaparecer” arrasada por el mundo digital.

Se paró frente a decenas de académicos para contarles que en Colombia sólo el 4,8% de los maestros contaba con un doctorado para 2010 y que entre 2005 y 2010 la planta de maestros universitarios creció solo en 4.672 docentes, al pasar de 97.880 a 102.552. Al terminar la charla habló con El Espectador, mientras las dos mujeres lo escoltaban.

Sus teorías llevan a pensar que el postulado “pueblo pobre, pueblo mal educado” es nuestra irremediable realidad.

Los niños de hogares de menores ingresos están recibiendo una educación realmente deficitaria. Lo más grave es que las competencias más importantes para aprender autónomamente a lo largo de la vida están siendo mal formadas en esta etapa. La comprensión lectora y el manejo numérico y de razonamiento, que es lo que el colegio debería estar formando en el plano cognitivo, son muy débiles.

¿El que está fallando entonces es el Estado, que tiene en sus manos la educación básica de las poblaciones más vulnerables?

Así es. En América Latina este es un fracaso no de un gobierno azul, verde o rojo, sino de todos los estados a lo largo del siglo XX. Mientras los países europeos, y algunos asiáticos, lograron en buena parte del siglo XIX y en el XX establecer una educación de alta e igual calidad para todos los niños y jóvenes, independientemente de si eran hijos de obreros o de empresarios, en América Latina el sistema educacional fue construido para una minoría. Luego, cuando se intentó incorporar a los excluidos, se hizo en colegios estatales de muy mala calidad.

Para remediar esto, la Secretaría de Educación de Bogotá propone que las universidades públicas tengan unos cupos obligatorios para los estudiantes que vienen de colegios públicos. ¿Cree que es una salida?

Creo que ayuda, pero bajo la condición absoluta de que no sólo les aseguren acceso. Entrar significa sólo pasar por una puerta, pero lo que le ocurre después a quien ya está adentro, que tiene que entender los textos que está estudiando, que tiene que seguir el ritmo de sus compañeros que saben estudiar autónomamente, es de lo que realmente se tienen que ocupar quienes hacen estas propuestas. El paso decisivo es cómo la universidad organiza su pedagogía para ayudarles a estos alumnos, de tal modo que no terminen desertando: tienen que tener clases especiales y compensatorias, tutores individuales… Si no lo hacen, el experimento no funciona.

Usted dice que los profesores no saben cuáles son las formas de aprendizaje para los jóvenes entre los 18 y los 25 años, que no saben cómo aprenden sus mentes. ¿Qué está dejando ese vacío?

Uno llega a ser profesor universitario no porque sigue un estudio especial que se llame “ser profesor universitario”, sino porque uno es sociólogo, abogado, enfermero… Nadie enseña didáctica ni el arte de enseñar la profesión, lo que sí se hace con los profesores de educación básica. Ahora nos hemos dado cuenta de que no puede ser así y hay universidades que están haciendo un esfuerzo para transformar a un buen sociólogo en un buen profesor de sociología. Estamos aprendiendo a enseñarles a nuestros profesores a enseñar.

En Colombia sólo el 4,8% de los profesores tiene un doctorado. Eso suena muy grave…

Primero hay que identificar para qué quiero personas con doctorado dentro de mi cuerpo académico. Para una carrera de investigador formal sí es casi imprescindible tener un doctorado.

También están los maestros que se quedaron siempre en la academia y que no tienen experiencia en la práctica…

Esos profesores están condenados a ser un fracaso.

¿Cree que el estatus o el valor de esta profesión ha decaído?

Creo que se ha diferenciado. Los maestros dejaron de ser genios absolutos, como ocurría hace cuarenta o cincuenta años. Hay además un fraccionamiento, una brecha entre los viejos y los jóvenes. Los profesores jóvenes, de 35 años, que vienen de doctorados de buenas universidades de Europa y Estados Unidos, tienen una mirada crítica hacia sus maestros que nunca salieron, que nunca escribieron para una revista internacional. Además, hay un problema con la disciplina: cuando los viejos estudiaron, la disciplina era mucho menos dinámica y menos poblada de conocimiento; la nueva generación viene de una disciplina en que el conocimiento no se detiene.

¿Podría decirse que hay una especie de pasividad de los viejos al acoplarse a los nuevos lenguajes que exige esta era digital?

No es pasividad. Es otra cultura. Otros valores. Ellos hacen parte de una forma de ejercer la profesión que empieza a quedar conceptual, tecnológica y culturalmente superada por la era digital. De hecho su metodología, la del profesor que enseñaba con la pura palabra y con el mismo texto durante veinte años, desapareció. Hoy un profesor joven piensa cada curso de forma diferente y tiene los medios para hacerlo, porque se sienta frente a su computador y puede bajar el currículum de su curso tal y como se enseña en Oxford o en Harvard. Ese es su punto de comparación. Esa es su competencia. No es que los viejos sean malos o pasivos, eran muy buenos, pero eran de un mundo que de repente colapsó.

Tomado de: http://www.elespectador.com/noticias/actualidad/vivir/articulo-422239-el-fracaso-de-educacion-publica-america-latina

VIDEO: THE VEIN / MAGMA. Pictórico-Musical. Dvein.

“Magma’ is the very first Dvein’s music video for The Vein’s new single”.

Recomendación: ver en pantalla completa y descargarlo antes.

+ Info: dvein.com/projects/view/31
+ The Vein: thevein.xxx

Direction & Art Direction: Dvein
Client: Adobe

Post-production & VFX: Dvein
ZBrush Artist: Luis Gómez Guzmán

Live Action Crew
D.O.P.: Alejandro Oset
Production assistant: Anna Carretero
Camera operator: Toni Rodríguez
Grip: David Felices
Make-up Artist: Salònica Rodríguez
Actors: Ramón Pin, Antonio Izquierdo

Sound mixing & mastering: Gerardo Vicente Martínez
Microphone recording: Alex Félez (Heptagon)

VIDEO: TRAILER “J.L. SERT. UN SUEÑO NÓMADA”. Pablo Bujosa Rodríguez.

“Mi vida está dividida en capítulos que llevan nombres de ciudades: Barcelona, París, Nueva York y Boston; una vida nómada con demasiados cambios, pero sin ningún momento aburrido”. J.L.S.

“José Luis Sert fue el primer arquitecto español de fama internacional. Apóstol del racionalismo en España y Decano de la Facultad de Arquitectura de Harvard durante casi dos décadas, Sert fue también un hombre lleno de contradicciones. Un espíritu contestatario. Un verso libre en un mundo dominado por la copia y la reproducción seriada. Miembro de una conocida familia aristocrática y destacado militante republicano, Sert tuvo el atrevimiento de ser un arquitecto de vanguardia en un país donde gobernaba el conservadurismo estético más absoluto. Fue católico y libertario. Fue también, como todos los exiliados, un vitalista de espíritu triste, un artesano del sentido común al que le tocó vivir en un mundo extremo. Viajó, emigró, huyó. Se refugió donde pudo: París, La Habana, Nueva York y finalmente Boston. Hijo del Conde de Sert y sobrino en segundo grado del primer Marqués de Comillas, José Luis tuvo que esconderse en Estados Unidos tras la Guerra Civil. Y allí fue capaz de reconstruir una carrera profesional que le llevó a convertirse en uno de los arquitectos más importantes de su generación. Sert abrió puertas, cultivo amistades y representó a España durante décadas en los círculos más selectos de la arquitectura contemporánea.

Dirección y guión: Pablo Bujosa Rodríguez
Producción ejecutiva: Antonio Chavarrías, Mihalis Gripiotis y Pablo Bujosa Rodríguez
Realización y montaje: Miguel Ángel Abraham
Documentación: Maria Charneco

jlsertfilm.com
facebook.com/JlSertUnSuenoNomada
twitter.com/JLSertFilm

Alè Produccions
USA/Spain 2013″.

Reseña de El País. España / 30.04.13

Un arquitecto catalán en Boston y Cambridge. Ester Riu.

Algunos de los edificios visualmente más impactantes de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts, son obra del arquitecto catalán Josep Lluís Sert (1902-1983). Sert fue decano de su Facultad de Arquitectura durante 16 años (1953-1969), y sus continuadores españoles han sido tanto Rafael Moneo, chair de la facultad de arquitectura, como ahora Iñaki Ábalos, nombrado para este mismo puesto la semana pasada. Durante ese tiempo, Sert proyectó importantes edificios para el campus de dicha institución y también para la Universidad de Boston, situada al otro lado del río Charles.

Al final de la Guerra Civil española Sert se vio obligado a exiliarse y recaló en Nueva York, donde trabajó hasta que le ofrecieron el puesto de decano en Harvard. Su pasión por el urbanismo y por hacer que los edificios se diseñaran para formar parte de la ciudad, en conjunto con su entorno y no como objetos aislados, lo llevaron a crear el primer curso de posgrado en urbanismo del mundo en esta universidad.

Precisamente fue en Harvard donde el pasado marzo se estrenó un documental del español Pablo Bujosa Rodríguez dedicado al arquitecto catalán llamado J.L. Sert/Un sueño nómada. En él, amigos personales y arquitectos de renombre repasan su biografía y nos aportan datos para entender mejor su figura, trabajo e importancia a nivel mundial.

Teresa Guillén, hija del poeta español José Guillén y residente en Cambridge desde que se casó con un hispanista de Harvard, nos da una cita clave en el documental: “Sert españolizó Harvard”, refiriéndose al edificio que diseñó (Holyoke Center) con una especie de plaza para los peatones en las que hoy hay una terraza para tomar algo, y también por su idea de soterrar una carretera importante que cruzaba y partía el campus de la universidad en dos. Estos son los principales edificios de Sert en la zona:

1. Centro de Ciencias de Harvard

2. Centro para el Estudio de las Religiones Mundiales

3. Peabody Terrace

4. Holyoke Center

5. Casa Sert

6. Campus en el Río Charles

Tomado de: http://elviajero.elpais.com/elviajero/2013/04/26/actualidad/1366974429_495842.html

TRAILER: LE CORBUSIER “LA MÁQUINA DE HABITAR”. Documental. Bruno Garritano. La Plata. Argentina.

Documental sobre el arquitecto suizo-francés Le Corbusier. sus ideales, su obra en la ciudad de La Plata ( la casa Curutchet) y su vida. contado a través de los docentes de la facultad de arquitectura y urbanismo de la UNLP entre otros entrevistados.

DIRECCIÓN
Bruno Garritano.

ARTÍCULO: POBRE BARRIO RICO. El fenómeno de la “Gentrificación” en Madrid. Sergio C. Fanjul. España

BARRIOS MADRID

La evolución socioeconómica de zonas de la capital como Chueca, Triball o Lavapiés puede tener efectos no deseados entre vecinos que no encajan con el nuevo nivel de vida. El fenómeno se conoce como gentrificación.

Un barrio poblado por gente guapa, rebosante de una ajetreada vida social y cultural, tiendas monas, calles seguras, bares de diseño y muchos gin-tonics, todo esto donde antes había un lugar abandonado y gris enfermo de droga y prostitución. ¿Quién podría no desear tal cosa? El proceso por el que los barrios degradados de los centros de las ciudades se “revitalizan” de esta forma tiene nombre de bruja mala: gentrificación. El extraño vocablo viene del inglés gentry, que viene a significar burgués, luego podríamos estar hablando de procesos de aburguesamiento o elitización. La gentrificación es un fenómeno no muy estudiado en España, aunque sí en los países anglosajones. En Madrid sucede, ha sucedido o puede suceder en barrios como Malasaña, Lavapiés, Chueca y Tetuán. Y genera fervientes seguidores y críticos acérrimos.

Gimnasio abierto en los antiguos cine Luna; 1.400 metros dedicados a zonas deportivas en un edificio que construyó en los ochenta el productor Emiliano Piedra y que llevaba años abandonado.

¿Cuáles son las sombras de la luminosa gentrificación? Sus críticos denuncian el desplazamiento de los antiguos vecinos por nuevos vecinos de rentas más altas. Es decir, ciudadanos más humildes, ancianos, inmigrantes, etcétera, se ven expulsados del barrio (por la revalorización de los alquileres y los pisos) por jóvenes de clase media alta, parejas o solteros, artistas o de profesiones liberales con fuertes intereses culturales. Por supuesto la seguridad aumenta (en forma de videocámaras y mayor presencia policial) y tienden a desaparecer los yonquis y las prostitutas. También denuncian la creación de barrios temáticos sin servicios para los vecinos, como centros culturales, comercios tradicionales y supermercados. Pero ¿cuál es el motor que alimenta este fenómeno?

Algunos estudiosos como David Ley lo achacan a la demanda de ciertas clases más o menos acomodadas por un barrio. Este sería el caso de Chueca, que pasó de ser una zona muy deprimida, dejada de la mano de Dios, a una de las más queridas por la comunidad gay que, de alguna forma, la hizo suya. Es un ejemplo clásico de gentrificación: el barrio se “limpió” en todos los sentidos, el tejido social cambió y se revalorizó el suelo. Se hizo cool. Procesos similares con la comunidad gay como agente gentrificador se han vivido en el Greenwich Village neoyorquino o alrededor de Castro Street en San Francisco. Otros expertos como Neil Smith, lo achacan a la oferta, es decir, a operaciones inmobiliarias que prenden la mecha y dirigen el proceso. Este sería el caso del triángulo de Ballesta, donde la asociación de comerciantes TriBall compró en 2007 varios prostíbulos de la zona y se los cedió temporalmente a diseñadores y artistas para limpiarle la cara a la trasera de Gran Vía. Desde entonces la cosa se ha consolidado y, desde luego, TriBall (que así parece que se llama ahora el barrio casi oficialmente) ya no es lo que era. Procesos similares, a través del interés cultural, ha ocurrido en lugares como la zona del SoHo, en Manhattan, donde se establecieron bohemios y artistas.

Vista de la remodelada plaza Soledad Torres Acosta (plaza de los cines Luna) y que era foco de prostitución, drogas e inseguridad.

El colectivo crítico Todo por la Praxis (TXP) organiza unas visitas guiadas a estos barrios llamadas gentrificatours: “confrontamos a la gente con el espacio, dando las claves para que la gente perciba en la calle los efectos que sufren los barrios. Planteamos un debate abierto y aprendizaje colectivo. Vienen perfiles muy variopintos, ciudadanos medios, vecinos, antropólogos o urbanistas que ofrecen nuevos puntos de vista”. En estos tours va creando un banco de fotografías que cuelgan en Twitter bajo el hashtag #gentrificatour. “En muchos casos hay cambio en el valor simbólico del barrio a través de la cultura que repercute en un cambio en el valor de las viviendas”, explican, “cambia la tipología de los pisos, se convierten pisos grandes y antiguos en pequeños pisos para gente que luego consumirá en los nuevos comercios del barrio. De alguna forma se impone un estilo de vida que excluye a ciertos colectivos”.

Agencia de comunicación y consultoría Neo, abierta en la calle Doctor Fourquet de Lavapiés.

El motor, desde un punto de vista inmobiliario, en algunos de estos procesos suele ser el de siempre: comprar barato y vender caro. Lo explica Neil Smith en un libro clásico sobre el tema que acaba de rescatar la editorial Traficantes de Sueños, La nueva frontera urbana. Ciudad revanchista y gentrificación. El geógrafo habla aquí de la diferencia potencial de renta, es decir, la búsqueda de lugares con bajos precios inmobiliarios y donde sea posible sacar beneficio de una revalorización. “En TriBall hemos invertido en locales y, claro, los inversores tratamos de recuperar la inversión. ¿Especulación?, bueno, el mundo es así y la gente trata de sacar beneficio, ya sea con la Bolsa o las materias primas. Pero nuestros alquileres son moderados”, explica Miguel Ángel Santa, vicepresidente de TriBall, “por lo demás, nuestro propósito es darle vida a esta zona con lo que siempre la vertebró, el comercio, y también con el ocio y la cultura. Y lo hemos conseguido. Ahora es un lugar donde la gente quiere estar, hemos normalizado (no elitizado) una zona donde antes los vecinos tenían que hacer caceroladas para protestar por el nivel de degradación. Ahora se ven niños por estas calles. Sinceramente, creemos que estamos haciendo algo bueno”.

Antiguo cine X, nº 39 de la Corredera Baja de San Pablo, Malasaña. Local de 750 metros cuadrados que alquila la inmobiliaria Gorbea.

Lo cierto es que los pisos, según las estadísticas del portal inmobiliario Idealista.com, han bajado en esta zona (y en todas las demás), pero eso puede achacársele a la situación del mercado inmobiliario. “Hay que tener en cuenta”, explican desde TXP, “que este es un proceso a medio o largo plazo. Todavía hay tiempo de sacar beneficio”.

Arte, pero no servicios

Lavapiés es otro de los puntos calientes del asunto con su gran oferta cultural. “Hace 10 años me llamaban para preguntarme por la banda del pegamento, la droga o la delincuencia”, dice Manolo Osuna, presidente de la asociación de vecinos La Corrala de Lavapiés, “ahora tenemos buena imagen en prensa. Viene gente joven y artistas a vivir o a disfrutar del ocio en el barrio. ¿Que pueden subir los pisos? Es normal, la gente ahora quiere vivir aquí, pero lo veo como algo positivo. Lo que no me gusta es que haya Centro Dramático Nacional, Casa Encendida, muchas galerías de arte, etcétera, y no haya los servicios adecuados para los que vivimos aquí”.

Escaparate de la tienda Dolores Promesas, abierta en 2008 en la calle Desengaño, en la zona conocida como Triball en Malasaña.

En pocas frases Osuna hace una notable descripción del proceso completo de gentrificación, con sus luces y sus sombras. Desde esta asociación temen que los locales de tiendas al por mayor que están dejando los ciudadanos chinos en la zona de la calle del Mesón de Paredes (son hasta 600 en todo el barrio) acabe siendo colonizado por bares y se convierta en el nuevo Huertas, con los inconvenientes que eso puede causarles.

En la zona de Tetuán, justo al norte de la glorieta de Cuatro Caminos, está la zona de Bellas Vistas, que, según los críticos, corre peligro de gentrificarse: “actualmente es ocupada por la inmigración dominicana donde tienen sus tiendas y restaurantes, a veces puede parecer que estás en otro país”, explica Óscar Muñoz, del Observatorio Metropolitano, “pero es una zona con precios bajos, buenas comunicaciones, cerca del centro, de la universidad, y tiene al lado el eje comercial de la calle de Bravo Murillo, así que se puede sacar buen beneficio”. Desde allí se ve la Cuatro Torres Business Area.

A los críticos con este fenómeno, obviamente, no les gustan los barrios degradados, abandonados, sucios e inseguros, pero entienden que hay otra forma de hacer las cosas, más acorde con las necesidades de los vecinos y menos enfocada al comercio y al turismo. “Madrid se está planteando como una ciudad global que trata de atraer flujos internacionales de personas y capital”, explica Muñoz, “está muy bien mejorar la ciudad, claro, el problema es cuando eso se hace buscando unos intereses que no son los de los ciudadanos”.

Un ‘coworking’ o lugar de trabajo compartido en Malasaña.

Todas las imágenes son de Álvaro García.

Tomado de: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/03/30/madrid/1364665402_303415.html