TEXTO. AMÉRICA LATINA, UNA CULTURA ANTROPÓFAGA. Diego Torres. Revista Ojo. Caracas.

AMÉRICA LATINA CULTURA ANTROPÓFAGA

 

Algo que me irrita bastante es el complejo de inferioridad que sienten algunos latinoamericanos respecto a Europa y América del Norte. Es cómico ver a personas de habla hispana, que han crecido en nuestro ambiente de costumbres mestizas, que comen comida de aquí y hablan con léxico local, expresarse con una relativa vergüenza al otro lado del Atlántico. Una creencia que parte de ese pensamiento es la idea de que “a Latinoamérica todo llega tarde”, muy aplicada en el terreno del Arte.

Quizás unos me digan que esto es mentira, que aquí todos sienten orgullo de su lugar de origen, pero entonces siempre confiesan cierta inferioridad ante Europa.  Es motivo de vergüenza, y la verdad, más allá del desarrollo (en especial económico) que en general han adquirido de aquel lado del Atlántico, no entiendo porqué. Al fin y al cabo, creo que a estas alturas del panorama ya está más que demostrado que no tenemos por qué sentirnos así, pero parece que hay malas hierbas de difícil erradicación.

La gente piensa que Europa y Norteamérica son como una versión idealizada de lo que somos nosotros. Y sí, ciertamente en muchos aspectos nos llevan la delantera, pero eso no quiere decir que nuestra cultura sea inferior a la suya, o que nosotros no podamos alcanzar esos logros. Es una idea estúpida que hay que arrancar: no tenemos algo genético que nos ponga por debajo del resto de Occidente. Además, muchos no se percatan de que es un prejuicio de vieja data, y de paso, inculcada.

Decía Montaigne que “lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”. En su escrito De los caníbales imagina una América en la que los indios viven de forma paradisíaca, con matrimonios polígamos, guerras “sanas” y sin la necesidad material del hombre europeo, y claro, todo eso como respuesta al complejo de superioridad que en ese entonces se tenía en “Viejo Mundo”. Su ensayo es un exponente del mito del Buen Salvaje. Irónicamente, esa es otra idea igualmente absurda, y que de paso persiste, pero ahora en el latinoamericano. Aunque sabemos que su visión no se ajusta con la realidad –y que esta era compartida por muchos de los que colonizaron estas tierras-, supongo que nuestra barbarie es esa: nuestro conflicto de identidad. Creemos ser bárbaros ante quienes pusieron esa categoría hace 500 años, y luchamos continuamente por “encontrar” lo que todo este tiempo hemos tenido ante nuestros ojos.

Evidentemente, este no es un pecado de cada individuo de esta latitud, pero hay que reconocer que es un fenómeno común. Existe todo un repertorio de frases idiotas al respecto: “Lo que pasa es que los indios de aquí eran los peores y por eso nuestra sociedad no sirve”, “A mí me gusta mi país, pero hay que reconocer que Latinoamérica es una mierda”, “Lo que pasa es que no nos colonizaron los ingleses, por eso somos así”, “Nosotros nunca debimos independizarnos”, “Jamás estaremos al nivel de Europa”, “Lo que ocurre es que aquí  llegó lo peor de España, puros ladrones y putas”. Si esta región del globo tiene un problema, un auténtico problema, es el mito de que su naturaleza es por excelencia proclive a la inferioridad.

  Una cultura de tragones

En  1928  Oswald de Andrade publicó en la Revista de Antropofagia un “manifiesto” -o “panfleto”, o escrito “teórico”- titulado “Manifiesto Antropófago”, un conjunto de aforismos que definen  el epicentro para comprender a Latinoamérica y a su Arte: el aglutinamiento de lo externo y su consecuente transmutación.

La tesis de Andrade podrá estar expresada de forma abstracta, pero no es complicada de entender. Tomando el nombre como una irónica alusión al estereotipo sobre el canibalismo que rodea a los aborígenes de Brasil, desarrolló la idea de que el ser latinoamericano devora todo lo que le es ajeno y lo hace parte de él. Todo lo que llega hasta aquí se transmuta. No importa que una determinada tendencia haya venido de afuera, si la desarrollamos aquí, tendrá nuestra propia esencia.

La Antropofagia es concebida como el acto más característico de la cultura latinoamericana. El devorar lo extranjero es más que un rasgo, es la base de nuestra identidad y, al mismo tiempo, de su conflicto. El castellano y el portugués, junto al catolicismo, junto al modo de vida occidental, todos fueron devorados, somos caníbales. Las danzas africanas, los cantos, algunas de sus costumbres religiosas, esas manifestaciones también nos las comimos, fueron deliciosas. Y de ahí en adelante, ¡todo es bienvenido! ¿La pintura vanguardista? ¡Devorada! ¿El verso libre en la poesía? ¡Devorado! ¿La música clásica de Viena? ¡Devorada! No hay límites para esta degustación, cada sabor brinda nueva riqueza al continente donde todo es permitido.

Obsérvese un cuadro de Armando Reverón. Si se busca a qué movimiento pertenece podría pensarse de forma muy directa en el impresionismo, el expresionismo o el simbolismo, dependiendo de qué etapa de su producción sea el cuadro que se esté analizado, pero ¿realmente es una imitación? El paisaje costero del Caribe le llevó a buscar un lenguaje distinto, emparentado, eso sí, pero que no sigue la misma ruta, y llega al punto de que realmente se dificulta su catalogación. Lo mismo ocurre con cualquier otra manifestación, en cualquier ámbito: la música, las letras, la gastronomía y demás.

Uno de los temas más incómodos para el  latinoamericano es el de la originalidad de sus Artes. Algunos creen que una obra de aquí tiene que excluir lo ajeno, porque, si no, es una mera copia, un producto insustancial que imita lo extranjero. Falso. Rechazar lo europeo es una visión inmadura de la realidad porque nuestras sociedades son multiculturales. Ni los negros ni los blancos son autóctonos de América, pero son americanos. De modo que hablar de una creación que no acepte la influencia norteña -así como de cualquier otra parte del mundo- es una tontería.

Aquí un indígena de cualquier etnia tiene el derecho a decir que ésta es su tierra, igual que una persona nacida en una ciudad y con mayor influencia de la cultura global. Por lo tanto, una artesanía de un grupo Yanomami –de cultura premoderna-  es igualmente americana a cualquier otro lenguaje vanguardista, como el de Jesús Soto o Carlos Cruz-Diez. Es estúpido pensar que un arte “nacional” tenga que mostrar a una mujer de un pueblo costero vendiendo empanadas, la realidad es mucho más compleja  (aquí ya se entra en el tema de la universalidad de los lenguajes, al que habría que dedicarle otro escrito.)

Ocurre que América es el continente de la tensión. Otro esteta, el cubano José Lezama Lima, habla en su texto Curiosidad Barroca (un capítulo del libro La Expresión Americana) de esa palabra, “tensión”, como el elemento diferenciador de nuestros seres. Según argumenta, y vaya que lo hace con mucha pasión, lo americano es Barroco, más que productor de un arte Barroco (que obviamente lo es), es Barroco de por sí. Por sus paisajes, que incluyen desiertos, selvas, cálidas playas, montañas nevadas, tepuyes… ¿qué puede ser más contrastado que eso?

Esa naturaleza absorbe al ser americano, se vuelve parte de su cultura, se espiritualiza. Divide las zonas, y por lo tanto, el modo de ser de sus habitantes, pero sin quitarle el derecho de llamarse americano a ninguno de ellos. En las catedrales barrocas construidas durante la Colonia, como la de San Lorenzo (Bolivia), hecha por el indio José Kondori, la naturaleza se  convierte en parte de la masa pétrea, y los elementos incaicos toman lugar en conjunto con los españoles, hay tensión y convivencia. Porque ese fue el arte de la contraconquista, la política secreta de los aborígenes contra la colonización.  A eso Lezama Lima lo llama “plutonismo”: los elementos se derriten y se funden, se mezclan, pueden identificarse cada uno por su origen, más no mostrarse por separado. Todos confirman un gran mestizaje, todos son uno y a la vez son varios, eso es el Barroco, el estilo exagerado y rebuscado que todo lo incorpora.

Si contemplamos el interior de una iglesia de Juli (…). entre el frondoso chorro de trifolias, de emblemas con lejanas reminiscencias incaicas, de trenzados rosetones, (…), percibimos que el esfuerzo por alcanzar una forma unitiva sufre una tensión, (…)en busca de la finalidad de su símbolo (…) como si en medio de esa naturaleza (…), de esa absorción del bosque por la contenciosa piedra, (…) parece revelarse y volver por sus fueros, el señor barroco quisiera poner un poco de orden, (…), una imposible victoria donde todos los vencidos pudieran mantener las exigencias de su orgullo y de su despilfarro” (Lezama Lima, 1981, página 2).

Eso de que todo lo que crea Europa llega tarde a América es una falacia: no es la misma realidad, no puede ser lo mismo. Podría ser más bien la influencia, que es otra cosa. Son climas distintos, cotidianidades distintas,  culturas distintas y, en general, universos distintos. Por eso es que Carpentier, otro neo-barroquista,  cubano, afirmó, en una charla titulada Lo Barroco y lo Real Maravilloso, que el romanticismo no llegó a América porque simplemente no le correspondía, porque entre el Nuevo y el Viejo Mundo hay diferencias. Aquí, debido al enorme contraste entre sus pobladores –el negro, el blanco, el indio, el moro, el cholo, el llanero, el gaucho, etc- todos viven en tensión.

El Barroco, dice Carpentier, es una tendencia humana de los tiempos críticos. Y lo clásico es de los tiempos de paz. El Arte Azteca, por su complicada  monumentalidad, es un ejemplo de ello. Aquí eso no es solo un movimiento de la historia, como en cambio sí lo es en Europa, es nuestra vida cotidiana, típica de nosotros, los buenos salvajes.

   ¿Por qué hay que pensar nuestra cultura?

Estas ideas estéticas  en torno a la identidad Latinoamericana surgen como respuesta a nuestro complejo de inferioridad. Ni Andrade, ni Carpentier, ni Lezama Lima hubieran escrito lo que escribieron si ese problema no existiera. Y lo peor del caso es que es más mental que real,  más una apreciación errónea de esta cultura, que la cultura en sí.

La integración del paisaje en la vida y en las manifestaciones artísticas, los elementos carnavalescos, lo premoderno y moderno viviendo en armonía –o relativa armonía-, y el acto de tragarnos lo extranjero. Esos son aspectos latinoamericanos, pero como tal, una cultura es algo muy volátil como para definirla con términos concretos. Sería como decir que China es China únicamente  por la Muralla y el Año Nuevo.

Por eso son importantes las ideas de Andrade, Lezama Lima y Carpentier: para conectarnos con una realidad que vivimos y al mismo tiempo ignoramos. Para que aprendamos que no somos bárbaros ni salvajes, somos antropófagos que creamos comiendo. Nos comemos lo externo, lo interno, lo ajeno y lo propio. Lo de ayer y lo de hoy. Es necesario aceptar nuestros hábitos alimenticios para poder apreciarnos con una mayor autoestima.

Tomado de https://www.revistaojo.com/2018/03/01/america-latina-una-cultura-antropofaga/

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