UN “DESPRESTIGIOSO” PREMIO. Sobre el reciente Premio Nacional de Arquitectura 2015. V. Sánchez Taffur. Venezuela

UN DESPRESTIGIOSO PREMIO_SÁNCHEZ TAFFUR

UN “DESPRESTIGIOSO” PREMIO

El máximo galardón por el reconocimiento a la trayectoria de un arquitecto, lamentablemente, en Venezuela ha desaparecido. Desde finales de la década pasada, esta distinción al mérito pareciera haber perdido toda credibilidad por encontrarse despojada de su carga ética y ejemplarizante. Lo mismo ha sucedido con un número importante de instituciones públicas que han sucumbido a los abismos de la mediocridad política de turno, llevándose consigo aquellos reconocimientos a la constancia, la disciplina y el “buen hacer” que les habían caracterizado durante décadas. Ahora, que también ha desaparecido esa “luz” que ofrecía una orientación, y marcaba un posible camino para la arquitectura nacional, resistimos todavía en pie pero en definitiva vamos a oscuras.

Seguramente, lo normal sería que aquí o en cualquier lugar del mundo se susciten polémicas y diferencias cuando se ofrece un veredicto o se otorga algún reconocimiento por concurso. Sin embargo, cuando la elección fallida se convierte en una conducta sistemática, y además se infiere que la misma podría estar salpicada por aspectos que nada tienen que ver con la disciplina, necesariamente el tema debe convertirse en motivo de preocupación. Haciendo memoria, cabe recordar que este premio nacional se empezó a otorgar en las bienales de arquitectura desde 1963 (Carlos Raúl Villanueva) y hasta 1991 (Jesús Tenreiro). En aquella oportunidad, se distinguía al autor por el valor de alguna de sus obras en un determinado periodo. Luego el CONAC decidió que debía ser concedido más bien por méritos a una destacada trayectoria, aspecto que suena mucho más cónsono y sensato con la estatura del premio. Si se analizan los casos y los premiados hasta el 2008 (Gorka Dorronsoro), sus perfiles tienen que ver con una destacada práctica del ejercicio profesional en sí, no sólo reconocida en Venezuela sino a nivel internacional. Muchos de ellos manifestaban de forma abierta diferentes tendencias políticas y en la mayoría de los casos estaban ligados a una valiosa y fructífera labor docente en pro de la arquitectura. Algunos de los reconocidos fueron funcionarios públicos de alto calibre y lograron hacer aportes a la disciplina, la ciudad e incluso a la sociedad como el caso del propio C.R. Villanueva, F. Montemayor, M. Pedemonte, H. Hernández y G. Legórburu, entre algún otro que valga la pena mencionar.

Hoy en día, las cosas han cambiado de manera dramática para nuestra profesión. Tanto, que suena paradójico premiar la obra de un arquitecto en un país que no te ofrece las mínimas oportunidades para poder construirla. La política ha invadido gran cantidad de espacios en busca de la ideologización de lo público y la destrucción del sector privado. Por otro lado, las instituciones que han venido otorgando recientemente el máximo reconocimiento a nuestra arquitectura (Ministerio del Poder Popular para la Cultura y ahora recientemente Casa del Artista) han demostrado con hechos que no hay cabida para nadie que disienta del círculo “revolucionario”. Esto queda en evidencia cuando se revisan los tres últimos Premios Nacionales de Arquitectura. Allí encontraremos un perfil similar de candidatos y ganadores, todos comparten casualmente sus intereses políticos y vínculos con el gobierno. Por más que uno trate de ser objetivo y construir argumentos académicos o profesionales para evaluar la “obra” de los premiados, no parecen convincentes dichas distinciones en este momento, mucho más, si se revisa la lista de los “postulables” con méritos de sobra que estarían esperando muy por delante en la fila. Tal vez, a algunos se nos ha hecho difícil aceptar de forma sumisa esa designación de ganadores y esa elevación a la ligera a semejante pedestal, sobre todo, sabiendo lo que ha significado históricamente el peso de este galardón. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que todo esto es producto directo de la degradación y la desvalorización severa de nuestra disciplina en el actual momento de país.

Esto último viene a cuenta porque el Premio Nacional de Arquitectura 2015 ha sido concedido el pasado 18 de noviembre al arquitecto Francisco de Asís Sesto Novas (Farruco Sesto), conocido docente de nuestra querida Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. A parte de ser un arquitecto talentoso y un profesor conocido, Farruco también fue amigo personal de Hugo Chávez y tuvo la oportunidad de ser su primer Ministro de Cultura. Luego ejerció como Ministro del Poder Popular para la Vivienda y el Hábitat y más recientemente fue Ministro para Transformación Revolucionaria de la Gran Caracas. Lejos del claro vínculo político y su cercanía con la ideología del gobierno, a la fecha no se han expuesto públicamente los méritos en la disciplina que lo han hecho merecedor del galardón. Tampoco al día de hoy existe suficiente información (a la mano del ciudadano común) sobre el veredicto oficial y el jurado que lo ha elegido. Lo que nosotros humildemente conocemos de su obra construida, antes del chavismo, no es mucho o al menos no ha sido publicado y su labor como funcionario público, según entendemos, tampoco ha sido de las más laureadas ni reconocidas por el colectivo, por el gremio y/o la academia. De su apoyo a la universidad -quizá en uno de los peores momentos que ésta ha atravesado- mejor no vale la pena hablar. Hoy en día, se podría considerar ya un síndrome el que los funcionarios públicos que han sido docentes son los primeros que atentan o, en todo caso, omiten sus opiniones frente a los atropellos contra sus propias casas de estudios.

¿Es posible que un premio otorgado bajo tanta sombra pueda resplandecer? Se torna bastante difícil reconocer el prestigio de algo que a todas luces nos es completamente ajeno y lejano como profesionales y ciudadanos, quizá por lo inoportuno o lo poco transparente del proceso. Nuestro profesor Sesto hoy se lleva un premio “valioso” para su carrera profesional, quizá el más importante de todos. Para efectos de esta Venezuela, pudo ser él o cualquier otro compañero de partido, da igual. Nosotros, nos llevamos la esperanza de que algún otro colega sí pueda aprovechar esos espacios de poder para hacer por el gremio, por la universidad y por el país.

Finalmente, es importante no olvidar que un Premio Nacional de Arquitectura, en la gran mayoría de los casos, busca enaltecer el mérito a la labor de un profesional en el tiempo. Esa decisión que puede uno compartir o no, en todo caso, debe ser responsabilidad de un grupo de profesionales expertos que llegarán a un consenso y elegirán con toda la libertad que otorga la democracia. La legitimidad de dicho reconocimiento empieza por la imparcialidad de la institución, continua con la minuciosa selección de los jurados, se materializa con un veredicto razonado que permita ofrecer unos argumentos convincentes y, finalmente, culmina con la pertinencia de dicha premiación en un contexto cultural, social y político de país.

Con paciencia esperaremos entonces a ese candidato con una obra “clara”, un arquitecto con un compromiso ciudadano y ético comprobable, aquel cuyo bajo perfil merezca, si acaso al final del día, estar de pie en la fila para obtener el verdadero premio, ese que se otorgará en la Venezuela que viene.

Víctor Sánchez Taffur
Arquitecto y Docente. FAU_UCV.

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