CHARLA: ¿SOMOS MODERNOS? Bauhaus Universität de la ciudad de Weimar. Oscar Tenreiro

(Texto guía de la charla pronunciada por Oscar Tenreiro en la Bauhaus Universität de la ciudad de Weimar, el día 8 de Mayo de 2003 en el marco del IIAS de ese año, organizado por la Escuela de Arquitectura)

Cuando yo estudiaba arquitectura (entré a la Facultad en 1955) nos parecía a mí y a mis compañeros, con la superficialidad de una casi niñez, que Europa no tenía demasiado que decirnos a los estudiantes. Y tampoco a los profesores o a los arquitectos.
No sólo hacía poco que la guerra había terminado dejando a todo un continente casi en ruinas y pobreza, sino que muchos europeos llegaban a los puertos venezolanos como queriendo olvidarse de su origen y abriendo bien los ojos hacia un continente que ofrecía promesas de todo tipo. Tanta era la esperanza de los recién llegados que nosotros, los muy jóvenes entonces, estábamos infantilmente convencidos de que Europa poco podía ofrecer como proyecto y que el futuro tenía que estar aquí.
Así crecimos y así fuimos dejando la adolescencia.
En los años 60, cuando luego de recibido mi título de arquitecto viví en París durante casi dos años, fuimos testigos de que Le Corbusier era en Francia un profeta incomprendido. Se hacían miles y miles de viviendas “modernas” que no eran siquiera la sombra del prototipo de Marsella. Un mal edificio como el de la UNESCO era el orgullo del “Paris moderne”. En Italia Scarpa era una rareza. España nos parecía árida y escasa. Ni siquiera imaginábamos que existiera De la Sota.Y Alemania mostraba como un logro el bloque fragmentado de vidrio y acero de Düsseldorf. Motivos todos para estar seguros de que lo interesante, lo promisorio, estaba de nuestro lado.
Pero muchos de los fantasmas que la guerra, los padecimientos y las contradicciones europeas habían sometido a un cierto letargo, necesitaban ser revividos en nuestro lado del mundo. Si había un Yin debía existir un Yang. El populismo y la revolución, la revolución y el populismo, que se movían con dificultad en el panorama de una Europa que regresaba de la violencia, se abrieron paso con fuerza en esas sociedades frágiles y mestizas, ricas en contradicciones, que son las latinoamericanas. La democracia respiraba siempre con dificultad, los desarraigos se hacían sentir, y también las malas conciencias, el revanchismo, la sombra militar. Se declaró la guerra en nuestro lado del mar. Guerra con la ignorancia, con la superstición, con los mitos. Guerra con los complejos que nos acosan desde nuestra llamada “independencia”. La irrupción  de la modernidad que coincidió con nuestros años de primera juventud, tan atractiva en México, Brasil y Venezuela, no había sido sino un espejismo.
Y mientras tanto, Europa se hacía más estable, más democrática. Su espesor cultural le permitió recuperarse y florecer. Y se hizo más rica.
El Volkswagen pasó de ser un vehículo semi-proletario, a un pequeño lujo de retro-diseño de 25.000 dólares por unidad. Por todas partes prolifera lo nuevo, lo viejo pierde las pátinas. Se le dan nuevos colores al Juicio Final, se lavó la piedra de París, se restaura lo restaurable. Se hizo proletario el refinamiento. Hay dinero, dinero, dinero .“Se pulieron las cucharas” como decía en los sesenta un poeta amigo a propósito de Holanda.
América del Sur, la de hoy, la urbana, la que ha padecido, andado y desandado la modernidad, desapareció del mapa. Sólo interesan sus exotismos, sus amazonas, sus orinocos, sus cuzcos y sus tenochtitlanes, sus posibilidades para hacer una “revolución” que ya no conviene hacer del lado de la opulencia. Un dinosaurio sobreviviente en Cuba o un payaso desaforado en Venezuela son como una tabla de salvación para sueños de rebelión que ya no encuentran ningún espacio en una Europa que regresó, esperamos que para siempre, de experimentos de redención fracasados en la barbarie y la represión.
Y la arquitectura también cambió de cara.
En nuestro lado, con frecuencia las discusiones sociológicas sustituyeron a las arquitecturas posibles. La frescura de los años cincuenta se ha hecho escasa o inexistente. La imitación barata es moneda corriente y sustituyó al deseo de abrir espacio y crear precedentes abundantes en las décadas de los cincuenta y sesenta. Los europeos que nos miraban con impaciencia apenas conocen hoy, siempre fragmentariamente, lo valioso. Por nuestra parte las dificultades apenas nos dejan espacio para reflexionar sobre nuestros aportes.
Y en Europa parece a veces que sólo interesa la tecnología y el despliegue de ingenio. El juego de atractivas y arbitrarias formas a cualquier precio, las simplezas inteligentes y oportunas, abundan en la arquitectura de prestigio y en el discurso de los exitosos. El Star System brilla atractivo como una meta para casi todos los espíritus. Y uno echa de menos al ver ciertos exabruptos berlineses, los éxitos nouvelescos y  la constante explotación de la novedad, aquellos dogmas de la modernidad como la “lógica estructural” la “escala”  y la “proporción” . (La proporción, “esa nada que lo es todo y está en la razón de ser de las cosas” de Le Corbusier).
En este contexto ¿cuál puede ser el mensaje que un arquitecto latinoamericano ofrezca a un estudiante alemán rodeado de estímulos tan propios del mundo industrial, de ese lejano Primer Mundo? ¿A un arquitecto europeo a quien se le ofrece tentador un universo de riqueza, de desperdicio refinado y de opulencia?
Creo que puedo ofrecer el testimonio de quien ha perseguido a la arquitectura, ha luchado y se ha apasionado por ella. Y en esa lucha por la arquitectura, que es común a la mayor parte de los que aquí estamos, tal vez pueda haber claves que tengan interés.

I
Quiero decir en primer lugar que no creo que la aspiración moderna de consolidar un determinado conjunto de valores y convertirlos en fundamento del quehacer universal del arquitecto sea un asunto del pasado. Está vigente el deseo de establecer una plataforma ética común para el ejercicio de la arquitectura.
Carl Gustav Jung acuñó en las décadas medias del siglo veinte el concepto del Inconsciente Colectivo.
Según él, hay un mundo inconsciente común a todos los hombres. Algunos aspectos de ese mundo inconsciente afloran a la conciencia en ciertas coyunturas históricas, a través de la obra y el discurso de determinados personajes, personas que son en cierto modo ariete que rompe resistencias. Hay muchos ejemplos de estas “adquisiciones” de la humanidad que lo han sido gracias a la obra de ciertos pioneros, obra que se convirtió en patrimonio de todos nosotros, que pasó a integrar nuestra conciencia y son ahora conocimiento.
Eso ocurrió con el Movimiento Moderno en el campo de la arquitectura.
Le Corbusier, por ejemplo, es ariete, al ser portavoz de las inquietudes de su tiempo y atreverse a formular de modo sistemático lo que estaba en cierto modo diluido en la conciencia de su momento histórico. Sus “Cinq Points” no son sino un agudo resumen de lo que ya estaba en la conciencia. Corbusier puede asumir ese papel gracias a su talento, a su “genio”. El genio es así, tal como lo define el escritor británico Robert Graves, el que puede dar “saltos” intelectuales, establecer conexiones impredecibles, más difíciles, acaso inalcanzables para los demás.
Los Cinq Points estaban en el ambiente, Corbu las formula, simplemente, y las convierte en bandera. Lo mismo pasa con los “Trois Rappels a M. Les Architectes”, el respeto a la pureza de los volúmenes como “principio” a seguir , la arquitectura del objeto que tantos seguidores sigue teniendo hoy. Pues bien, muchas de esas cosas  han perdido vigencia porque establecían un nexo demasiado preciso entre la técnica y la arquitectura. Y porque la tradición congelada por la Academia ya fue (aprentemente) derrotada.

II
Muchos de aquellos dogmas establecidos por la modernidad han perdido, pues, sentido. Otros dieron origen a rigideces estilísticas que ha sido necesario quebrantar. Pero hay muchos que, una vez descubiertos, una vez instalados en nuestra “conciencia” se convirtieron en conocimiento.
Lo que hemos conocido puede apagarse en nuestra memoria, puede ceder espacio frente a otras cosas conocidas, puede pasar desapercibido, pero no desaparece. Y por eso han quedado abiertas, despojadas en cierto modo de temporalidad, ciertas preguntas:
¿ Hay una“lógica estructural”? ¿Hay una ética que orienta la forma de construir?
¿Es la proporción un tema de la arquitectura? ¿Es lo que se llamó Escala Humana?
¿La forma es una imposición a priori o es una consecuencia? ¿O las dos cosas?
¿Puede la arquitectura producir patrones de comportamiento social?
¿Es la capacidad expresiva implícita en el modo de construir, una herramienta de nuestra disciplina?
¿ Es la arquitectura un campo de colaboración simétrico entre el Ingeniero y el arquitecto?
¿Hay una Academia contra la cual es necesario luchar?
¿Esa Academia es hoy el marketing de la arquitectura y sus exitosos?
¿Hay una “responsabilidad social” en lo que hacemos?
Esas preguntas todavía nos pertenecen. Formularlas es tarea permanente. Y pienso además que las respuestas que le demos a ellas tienen un alcance universal, son sustancia de una aproximación a la arquitectura que es válida, que es, como decíamos, conocimiento.
La arquitectura, aunque ello no sea reconocido en medio de la retórica más al día,  se sigue nutriendo de los valores que dieron origen a la rebelión moderna. Los instrumentos no son los mismos, las formas tampoco, menos los resultados, pero la necesidad de hacernos esas y similares preguntas sigue presente.
Entre otras cosas para rechazar mucha de la arquitectura exitosa de hoy. Para revelar sus debilidades y sus hipocresías.

III
A las preguntas iniciales hemos tenido que sumar otras que recogiesen la experiencia de varias décadas de “arquitectura moderna”. Si hacemos nuestro el postulado kantiano que asimila cultura a experiencia, diremos que la experiencia de construir ha descubierto nuevos temas para el pensamiento sobre arquitectura. Algunos ya esbozados por la modernidad.
Entre ellos:

1) Había que examinar mejor el papel de la experiencia local, el de las “diferencias” en la cultura de la construcción, un tema que comenzó a ser manejado por Le Corbusier ya a fines de los 20 con la “voûte catalane” o con la casa de Mme, de Monzie.

2) El punto de vista “moderno” en arquitectura siempre quiso fijar una frontera entre arquitectura y decoración, o, al decir de pioneros como Adolf Loos, entre arquitectura y “ornamento”. Se convirtió el ornamento en crimen, aunque siempre fue difícil identificar el momento del crimen. La frontera nunca pudo ser clara. En todo caso, en las décadas de la postmodernidad esa frontera se hizo más laxa, se convirtió en una franja y en algunos casos desapareció,  Algunos arquitectos abrazaron con entusiasmo la decoración como un “estilo” personal. El ornamento inteligente, encubierto por adjetivos y filosofía al instante se ha convertido en sello personal
No obstante hoy como en tantas otras cosas el despojar de culpabilidad a quien penetre la franja divisoria que antes estaba vedada nos ha traído mayor libertad. Y eso siempre es beneficioso aunque se pierda el equilibrio. Y se abuse de ella.

3) La preocupación por el uso de los materiales naturales que expresó de modo tan radical un arquitecto como Gaudí, la búsqueda de la huella del hombre que construye la arquitectura, en los muros, en las superficies, no ha desaparecido. La expresividad de los materiales no industriales versus los materiales de factoría que se ensamblan en la obra y producen la apariencia de higiene extrema, ocupó un espacio en las inquietudes modernas, ya de regreso del impulso inicial de comienzos del siglo veinte. Allí está para probarlo el Le Corbusier de la postguerra con su “béton brut” , o el “brutalismo” inglés, acaso derivado de las Maisons Jaoul.
Ese tema adquirió nueva vigencia con Kahn y su uso evangelizador del concreto armado y el ladrillo, en un trabajo pionero como las Torres Richards o en la madurez del Museo Kimbell y Dacca. Claves expresivas que han sido tomadas por los arquitectos para relanzarlas, refinadas (Tadao Ando).
De otra parte está la arquitectura de “refrigerador”, la de estructuras “tensiles” (como las ha llamado Kenneth Frampton), de la técnica, la High Tech., un modo de construir más adaptado a requisitos y condiciones técnicas muy desarrolladas.  Exitosa, tal vez la más popular entre los imitadores.
Lo que queda claro en esta especie de dualidad entre lo tensil y lo tectónico, entre la armazón y el muro, entre la ilusión de liviandad y la aceptación de la masa, es que la técnica ha permitido explorar con profusión ambos mundos. Y que cada quien, situado en un lugar específico de la economía, de la cultura y de la geografía debe conocer sus limitaciones y ventajas ante este panorama que le pide decisiones.
Se trata como siempre de escoger un camino.

4) También está el tema de la organización del edificio.
Si inicialmente heredamos de los modernos la idea de la Planta Libre formulada  por Corbu y experimentada por muchos desde perspectivas enteramente diferentes (Mies, Wright, Aalto, Niemeyer, Villanueva), ella fue revisada de modo tajante por Luis Kahn que lanza el principio de los espacios servidos y sirvientes, sumado a la noción de “independencia del programa”  (la relativa neutralidad del espacio arquitectónico) lo cual revoluciona el modo de organizar la planta.
No podemos olvidar estos aportes. Nuestro modo de organizar, de establecer relaciones entre los componentes, ha de enraizarse en estos antecedentes. Aunque sea para rechazarlos. Si actuáramos de otro modo estaríamos ignorando a quienes nos precedieron. Seríamos ignorantes.

5) Hasta el postmodernismo recogido y divulgado por las revistas de arquitectura, pese a sus simplezas y a su talante de movimiento liberador que deviene en “tigre de papel” como bien lo definió hace casi veinte años en nuestra Facultad de Arquitectura de la UCV Kenneth Frampton, permite al menos una mucha mayor libertad en los lenguajes. Aunque promueve en tono light una reacción contra la modernidad, termina estimulando una oportuna flexibilización de los cánones que habían en cierto modo tendido una camisa de fuerza inoportuna e inconveniente.

6) Hay espacio ahora para los manierismos, estimulados por el exceso de dinero de los países importantes y por la ansiosa búsqueda de novedades de la cultura mediática. Sea cual sea nuestra posición ante sus arquitecturas, no cabe duda que muchas de las figuras de hoy han prosperado a partir de maneras, de efectismos personales más o menos bien logrados ¿Los entronizaremos como los nuevos ídolos? ¿O los reconoceremos como representantes de una coyuntura que quedará atrás?

IV
Dentro de todo este panorama ¿dónde estamos nosotros?
Nuestras opciones para construir la arquitectura son pocas. Nos movemos en un panorama restringido. No tenemos una democracia que funcione sino un deseo de democracia. Las instituciones son frágiles. La arquitectura es un extra relativamente innecesario. El fuero del arquitecto es constantemente vulnerado y hasta despreciado. Sobrevivir es un problema diario.
Pero aún en semejante grado de precariedad la arquitectura puede vivir, aunque sea escasa e incompleta nuestra producción. Y puede uno tratar de examinar sus trayectos.
Y decir por ejemplo que habiéndome formado en un momento de expansión del mensaje moderno, experimenté en torno a mis cuarenta años el impacto del revisionismo como una fuerza carente de contenidos y sobre todo confusa y oportunista.
Pero a pesar de ello, fue esa crisis, esa postura de interrogación, la que me permitió entregarme a la necesidad de explorar, de abrir ciertas puertas, algunas para cerrarlas de nuevo.
Y tal vez sólo ahora, a los 63 de mi edad, es cuando siento que puedo trabajar con una relativa seguridad de estar “situado” frente a lo que se me ofrece como arquitecto.
La huella difícil y a ratos contradictoria de esa exploración está presente en mi trabajo.
Y mi condición de hombre sumergido en un mundo problemático, el latinoamericano, pero a la vez cargado de vida. Vida múltiiple y a ratos confusa como todo lo que es humano.
Examinemos mis respuestas.

Weimar,  Mayo de 2003

Pie de página:
1. Plan Libre, Toit Jardin, Fenêtre en longueur, les pilotis, la façade libre.

Oscar Tenreiro es arquitecto venezolano y profesor jubilado de la FAU UCV. Premio Nacional de Arquitectura 2002-2003.

Anuncios