ENTREVISTA: EDUARDO SOUTO DE MOURA (1952). Xavier Güell. Revista 2G. España.

 

 

Otro premio Pritzker ha sido otorgado a la trayectoria de un segundo arquitecto portugués, discípulo de Álvaro Siza (Pritzker 1992). La obra de Eduardo Souto de Moura ha logrado ser reconocida por unir “poder y modestia”. A propósito de este reconocimiento pareciera revelador, sobre su pensamiento y la personalidad que le caracteriza, recordar una de las más interesantes y completas entrevistas que se le haya realizado. Se trata de una conversación que adquiere relevancia por su profundidad, pero sobre todo, si se toma en consideración lo que sucedería posteriormente con el desarrollo de su obra, incluyendo la obtención del “Nobel” de la arquitectura.

 

En las distintas ocasiones en las que nos hemos visto, me has hablado de que te encontrabas en un momento de transición, de cambio de lenguaje, y de que la elegancia es perjudicial. Quisiera que me explicaras el cómo y el porqué de esta necesidad de cambio. Otro aspecto que creo que te interesa y del cual no te gusta hacer muchos comentarios es el de la escritura, el arquitecto como escritor. Seguro que recuerdas una frase de Mies van der Rohe en la que dijo: “Como no soy escritor, me cuesta escribir. En el mismo tiempo habría dibujado un proyecto”. Esta frase está relacionada con una petición de Hans Ritcher, editor de la revista G, le formuló a Mies, considerado en aquellos momentos –entre 1923 y 1926– el colaborador principal de la revista. ¿Por qué no te gusta exponer tus pensamientos, tus ideas, mediante la escritura?

Inicio la respuesta con la cita de un poeta que dice: “… sólo la palabra exacta es de utilidad pública…”. Yo soy arquitecto y carezco de los instrumentos necesarios para escribir con exactitud. Estoy de acuerdo con esta cita, así que un texto escrito por mí debería ser útil. Por lo tanto, desde ese momento, me siento casi inhibido porque sé que el texto de esta conversación no va a ser operativo. Pienso que quien no sabe expresarse con rigor, es mejor que no pierda el tiempo.

En relación al tema del cambio, en realidad no es cierto que esté cambiando; lo que yo siento es la necesidad de cambiar. Y ¿por qué? Porque ya llevo más de veinte años de carrera profesional. Soy arquitecto y compruebo –no se trata de una comprobación intelectual, sino el resultado de una observación diaria de más de veinte años– que los procesos de transformación tanto externos (por ejemplo el cambio de los materiales, el acercamiento a otras técnicas y a otros temas constructivos) como internos –no sé si por el agotamiento por mi parte–, podrían estar mutándose hacia un cierto academicismo peligroso.

Noté que algunos de mis proyectos, debido al dominio del lenguaje, de los detalles o de los trucos específicos, podían realizarse cada vez más rápidamente, lo cual me causaba admiración. En un fin de semana casi podía llegar a diseñar una casa, y este hecho me obsesionaba. Por suerte nunca llegué a este extremo, pero podría haberme sucedido. Vi que las dificultades que yo quería realizar en el proyecto eran cada vez más irresolubles; por tanto, existía una inadecuación entre aquello que expresaba, que a mí me gustaba en el papel, y la posibilidad de su ejecución.

Me percaté de ello cuando realicé una construcción en el sur de Portugal. Al estar a bastante distancia de mi despacho, el proyecto escapaba al necesario control, casi semanal, en la dirección de obra. Con ello comprobé que –bien por las condiciones del trabajo en sí mismo, o por la escasa diversidad de materiales, o por la baja calidad de la construcción, o por mi falta de tiempo para planificar y acompañar la obra como acostumbro a hacer– era necesario crear un conjunto de formas que respondiesen a unas reglas más sucintas y concretas.

Además, en la visita a mis casas, también constato ciertas ventajas y desventajas. No digo que no sean elegantes, o que las personas se sientan a disgusto en ellas, pero pienso que, por ejemplo, carecen de algo que he ido descubriendo con el tiempo y que al principio de ejercer la profesión me resultaba casi imposible percibir. A ese algo yo le llamo confortabilidad, no en el sentido inglés del término confort o en el de decoración, sino entendido como capacidad o disponibilidad de los usuarios de la casa para poder experimentar diferentes situaciones en relación a la luz, al campo, a diferentes puntos de vista, al paisaje (paisaje exterior e interior) y a los cambios de color. Después decidí introducir errores, cosas que no quedaran bien. De este modo perdí el miedo a cometer nuevos errores en el sentido de la composición plástica.

Hablemos de la elegancia. Justamente por establecer ese rigor o esa intransigencia en el programa de cualquier casa, se trataba de poner de relieve cierta elegancia, un resultado final, un manifiesto muy riguroso que no admitiera situaciones intermedias. Eso me perjudicó, o podía comenzar a hacerlo. Noté ese radicalismo al adoptar siempre las mismas soluciones, lo cual podía perjudicarme. Entonces conseguí admitir, o intenté introducir, la idea de que la casa o el edificio tiene que ver más con una cierta naturalidad de acción que reside en el interior de las personas. Existe un equilibrio de energías que viene de dentro. El programa, así como los volúmenes y el material son los adecuados. Cuando se alcanza esta adecuación, entonces surge la elegancia, nunca a priori. Quien sabe esto dedica el tiempo a pensar en las restantes disciplinas. Esta sensación o este sentido de necesidad de cambio no sólo procede de un punto de vista interior, sino que también es consecuencia de una observación, lo más objetiva posible, de la realidad exterior. Por ejemplo, cuando era estudiante realicé unas casas en Braga. Fue mi primer proyecto. Los clientes no lograron comprender que había aspectos, como la cultura del país o la necesidad de un tipo de construcción, que eran similares a una arquitectura de posguerra. Por motivos políticos el lenguaje ligado al movimiento moderno quedó completamente bloqueado. Mi posterior adhesión o interés por una arquitectura neoplástica ligada al Movimiento Moderno fue tal vez de las más radicales. No era una arquitectura artificial, porque era la adecuada, tanto por ser oportuna en el tiempo como por emplear los medios disponibles para reconstruir un país en el que todo estaba por hacer. En aquellos momentos me sentía muy a gusto diseñando muros de 200 metros a modo de lámina y colocando una hilera de pilares o de columnas. Ese muro era el muro exterior que, al cruzarlo, se transformaba en el muro interior.

La arquitectura moderna basada en ese tipo de lenguaje no posee una gramática capaz de responder a todos los casos desde el punto de vista técnico. Para conseguir tal respuesta habría que cometer la monstruosidad de forzar las soluciones para que exteriormente quedasen unidas a la atmósfera y a la pretendida elegancia. Por lo tanto, esa solución estaba en la línea de lo que iba a hacer. No en el muro, sino en la realización de un objeto contra natura en cuyo interior casi tenía el anticuerpo, que era el contramuro y el pro. El muro es hermoso en su estabilidad o en su precariedad. La construcción no puede ser precaria ni tener contratérminos. Fue un conjunto de cosas que, en determinadas situaciones, me hizo sentir un cierto desajuste entre una cultura interior y una realidad exterior; fueron datos adquiridos que fui usando y que se fueron diluyendo, y que, en este momento, no me siento dispuesto a utilizar porque los considero inadecuados. Estos muros los hacía por romanticismo o por un heroísmo que ahora considero ridículo. Podríamos llegar al contrasentido de que todo el contenido y todo el proyecto ético y estético del Movimiento Moderno estaba completamente agotado. El lenguaje del Movimiento Moderno era usado como un estilo, como un cliché, y entonces su contradicción máxima consistía en que yo era un posmoderno haciendo arquitectura moderna.

También hemos hablado de algunos arquitectos que consideras optimistas, como Rem Koolhaas, Jean Nouvel y Jacques Herzog. Supongo que la palabra optimismo, aplicada a estos tres arquitectos, tiene una relación directa con su obra construida. ¿Existe un punto de optimismo común a los tres, o bien es una interpretación tuya, personal, que hay que valorar de manera individual en cada uno de ellos?

Creo que hay una identidad común a los tres, no en el lenguaje o en la manera en que realizan su arquitectura desde un punto de vista plástico, sino en su modo de abordar la realidad y la cultura contemporáneas. Los tres, en conferencias a las que he asistido o en textos suyos que he leído se lamentan de la situación actual.

Debido a la relación que han mantenido con los maestros del Movimiento Moderno, los tres pretenden realizar una arquitectura más monumental, inviable desde el punto de vista económico. Por ello, esta pretendida monumentalidad se convierte en cáscaras vacías. En el caso de Rafael Moneo, como gran arquitecto que es, tiene que construir la cáscara en ladrillo y después recubrir su interior. Existe una cierta nostalgia de un pasado glorioso más o menos próximo, o más o menos sobrepasado.

Volviendo a los tres arquitectos, practican un discurso casi de transformación de la realidad tal como es hoy día. Se trata de descubrir las cualidades de aquello que carece de ellas. Creo que esto es lo mejor en los tres: llegar a la periferia urbana, la cual constituye un problema sociológico en todo el mundo. La periferia es un problema visual, un problema de orden antropológico, un problema de tráfico, un conjunto de situaciones realizadas con falta de medios y de tiempo suficiente para dar una respuesta inmediata. No estamos juzgando a nadie. El discurso de estos tres arquitectos con respecto a la periferia fue acrítico, pues nunca se llegó a ningún acuerdo para el proyecto de la misma. Veamos el discurso de Rem Koolhaas en el que descubre posibles nuevas tipologías para intervenir en la periferia con criterios de collage, o para intentar remendar ese tejido viario, esa malla urbana, o ese desvanecerse de la ciudad en el campo. En lugar de observarla desde un punto de vista peyorativo –de ahí se extrae esa especie de vacuna– la persona se previene contra tal o cual enfermedad, se inyecta el propio microbio, el del propio caos, de donde salen las reglas para después poder permanecer en el caos. Hasta aquí Rem Koolhaas.

En el caso de Jean Nouvel y Jacques Herzog, se trata de usar o de vaciar su arquitectura desde un punto de vista figurativo. En el fondo los dos son arquitectos en la línea, creo yo, moderna; por tanto son llamados modernos. Ambos se refieren a una situación de lucidez cuando explican sus reglas de intervención. Son tan restrictivas que las variantes son muy difíciles “problemas de coste o de normativas de seguridad. Nosotros no podemos hacer arquitectura que no cumpla la normativa. Ni más pequeña ni más grande: más pequeña porque está prohibido y más grande porque es más cara”. Se trata de la lucidez de que la arquitectura es cada vez menos un arte espacial y que el campo que le queda por recorrer al arquitecto es casi pictórico. Este campo pictórico se basa en el trabajo desarrollado con los materiales contemporáneos. Sin ser difícil ni caro. Ahí está. Con esta convicción ideológica interior sobre la arquitectura y la realidad, y con esta disponibilidad de usar el catálogo que uno tiene a mano sin ningún moralismo en relación a los materiales, esta es la situación que se vive en la cultura contemporánea. Es la cultura más amoral; ellos casi parten de la tabla rasa. Hay una frase de Rem Koolhaas, por ejemplo, en la que dice que hay que partir de la tabla rasa, de las superposiciones, de las capas. No digo si me interesa, si me gusta aquel edificio más o menos, ni si me gusta más este arquitecto que aquel. Es evidente que a ellos les gusta y a mí también. En la situación actual entender eso es una cuestión de lucidez. Creo que para mí el lenguaje tiene que ver con la radiografía de uno mismo; este es el lenguaje que yo les pido. El punto de partida me parece inteligente aunque no tenga nada en común con mi formación.

No tienen nada en común con tu formación, pero ¿es una forma de introducir una nueva filosofía, nuevos planteamientos en el discurso arquitectónico actual?

Puede ser. Desde un punto de vista cultural no tengo nada que ver con su visión. Jacques Herzog es suizo, y un suizo es lo más diferente que hay a un portugués. Me doy cuenta de que con su recuperación de arquitecturas tradicionales de madera o arquitecturas industriales quiere fabricar contrachapados. No me parece correcto construir en madera en Portugal, pues no hay la menor tradición de construir en madera. Lo que existe en mi país es una gran tradición de construir en piedra. Mi percepción de la modernización –las construcciones en piedra están siendo derruidas, las calles se están pavimentando con piezas de hormigón y hay inmensos cementerios procedentes de casas derruidas– repercute en mis últimas casas, ya que están construidas con piedras antiguas procedentes de otras casas.

Mi vuelta a la arquitectura en piedra no parte de un punto de vista de revival. La piedra es el material que tenemos a disposición. Vivo en cementerios. Me estoy acordando de la casa de Alcanena, que tiene un patio y un gran muro de ladrillo. Este material procedía de la demolición de una fábrica y sólo se tuvo que pagar el transporte. La actitud en el fondo es la misma, pero es evidente que sólo cambian los medios.

Antes he hablado de mi adhesión e interés por la arquitectura y la cultura modernas, por el grupo específico del neoplasticismo, y de que ello no se debió a una preocupación intelectual. Mi actitud era el resultado del interés por cosas primarias, y proyectar edificios es algo primario. Esta estrategia de hacer el edificio dividido me pareció adecuada para responder, no a una situación global, sino unilateralmente a distintas situaciones. Ésta es hoy la condición real de un edificio. Porque los grandes gestos de diseñar una plaza neoclásica, un edificio aislado o un palacio, en los que el edificio es autónomo y se superpone a la realidad y a la circunstancia, prácticamente ya no existen.

La situación es, para mí, la siguiente: los proyectos se desarrollan a partir de una complejidad de envolventes, de ámbitos urbanos, o incluso cuando no son urbanos, de envolventes preexistentes. Los programas son complejos, de una complejidad enorme. Cuando el edificio está dotado de una forma unitaria se siente forzado, porque es una cáscara que está llevada al límite, sufre; no fue construido para ese lugar. Es como ponerse una gabardina un día de sol. Luego está esa estrategia de que lo que aquí necesitamos es cerrar porque, si esta orientado al norte y hace frío, hay que levantar un muro de piedra; o si, al contrario, necesitamos sol, se resuelve con cristal; de si a esta parte lo que quiero es conceder una importancia menor porque es una zona lateral de paso y quiero evidenciar una jerarquía en estos recorridos, entonces utilizo el ladrillo porque es un material menos noble. Eso me permitía poder aventurar, crear arquitecturas del neoplasticismo o arquitecturas de las juntas, que no deja de ser un material. Es un conjunto de reglas muy operativo para poder responder hoy a esa realidad. ¿Por qué hablamos de tantos hechos complejos? Porque en este momento no se trata sólo de una preocupación de la arquitectura, sino que es una preocupación global. Por ningún motivo podemos reducir las grandes líneas estratégicas.

La cultura está ligada al concepto de hombre, y hoy es evidente que no podemos hablar de hombre. En el pasado, las ideologías podían ser claras durante el Renacimiento o la Contrareforma conceptual, pero hoy, en un periodo democrático, se acepta la igualdad de la desigualdad y, por tanto, los campos de investigación y de tratamiento son dispares. En el terreno de las artes, todo esto no se refleja; en el de la literatura, existen casos raros. Siempre existen fronteras mucho más diluidas y mucho menos extensas. Si la realidad es así, cada vez resulta más difícil percibir donde acaban los límites entre el campo y la ciudad, la pintura y la escultura, la poesía y la prosa.

 

Desde hace 20 años tienes un cuaderno donde vas anotando citas, frases que vas recogiendo…¿por qué están importante para ti este libro lleno de citas que muchas veces no sabes de quién son y en ocasiones casi te las apropias…?

Es aquello que los barcos necesitan para poder navegar, lo que se llama tener lastre; la actividad de usar piedras sueltas que no tienen valor por sí mismas, pero que juntas hacen que el barco pueda navegar y responder; encontrar el peso propio para realizar el empuje. Muchas veces un reflejo condicionado aparece como coincidencia. Cuando tengo un problema concreto sobre un tema, esto me ayuda a tomar una decisión. Supongamos que tengo que optar por una situación más clara y evidentemente menos bonita; que desde hace una semana estoy pensando en cómo voy a abrir una ventana, en su proporción, o incluso si la voy a abrir; en si voy a obligar al cliente, si él admira el no tener esa ventana a sabiendas de que el muro quedaría mejor. La abro, hago una excepción, pues me va a quitar masa del resto de la casa. Veo un libro donde aparece la siguiente frase: “a mayor claridad, mayor belleza”. Y me pregunto: “¿eso me puede ayudar?”. No, es mucho más importante ser claro que abstracto, digamos bonito. Luego decido abrir la ventana.

La cuestión de construir un diccionario propio, un diccionario que no basta para hacer bien las cosas pero sí para escribirlas, es una especie de depósito que actúa a través del inconsciente. Yo no tengo pretensiones de escritor, por tanto el hecho de citar es una cuestión de adhesión, no de pereza. La cita introduce un matiz de calidad en la comunicación. Se trata fundamentalmente de estas dos cuestiones, y después está la diversión de, al leerlo por separado o en conjunto, descubrir las cosas más dispares que uno pueda imaginar, además de si en conjunto tienen sentido.

Está también el tema de los análisis exhaustivos y científicos de los proyectos hasta llegar a la forma. La gente sólo analiza aquello que busca para confirmar que la decisión ya está tomada. Las personas sólo leen. Cuando cojo ese libro y descubro contradicciones y coincidencias, pienso que se trata de una fase de dos pensamientos en simetría. Nunca se me habría ocurrido pensar en simetría. Aquí por ejemplo tengo una frase de Siza: “el diseño es el deseo de la inteligencia”; primero el diseño y luego la inteligencia. Y luego esta otra de Joseph Beuys I like America and America Likes Me. Es exactamente el recorrido en simetría. Escribí esta frase hace cinco o diez años; situarme en el momento que escribo la otra constituye la apropiación de esta relectura, el tipo de conocimientos que me pueden unir o no a tener que decidir. Quiero decir que en arquitectura, como decía Távora, “lo contrario también es verdad”.

Siza dijo que “la arquitectura transforma la naturaleza”. En relación a tu reciente viaje a Perú, me hablaste de tus impresiones al visitar el Machu Pichu. Si no recuerdo mal dijiste lo siguiente: “la arquitectura parece naturaleza y la naturaleza parece artificial”. ¿Por qué es tan reconfortante y necesario pasear por las ruinas?

Creo que las ruinas tienen ese escenario ideal de serenidad y la gente se encuentra a gusto paseando entre ellas. Cuando están rodeadas por un medio hostil y violento, las propias ruinas se sienten mal o tienen miedo. Cuando están rodeadas por un paisaje sereno, se encuentran bien, transmiten una noción de calma y tranquilidad. Esa serenidad procede de la adecuación del envolvente. Como no se requiere ningún esfuerzo, la gente no aprehende el esfuerzo de las energías que las envuelven; de lo contrario, estarían cansadas. Hay un texto de Borges en el que habla de su forma de escribir y en el que dice que cuando se escribe no se debe corregir demasiado el texto porque si no queda forzado y el lector percibe el esfuerzo que el escritor ha puesto para corregirlo. Es entonces cuando el propio lector comienza a sentirse cansado e imagina al escritor de noche “corrigiendo, corrigiendo”.

Por tanto, es esa ausencia de esfuerzo de lo que está a nuestro alrededor lo que nos evoca la situación de tranquilidad. Y ¿por qué no hay esfuerzo? Porque la arquitectura introdujo sabiamente sus propias reglas específicas a imitación de la naturaleza. Esta es la situación clásica. Pienso en una frase de Vitruvio que es el soporte de la arquitectura clásica: “las artes deben imitar a la naturaleza”. De ahí el gran éxito de la arquitectura clásica a lo largo de la historia. Después, ¿qué es el Movimiento Moderno? Es justo lo contrario. Ciertos manifiestos postulan que debe ser la naturaleza la que imite al arte, como el gran texto de Delacroix.

Decir que la naturaleza es la arquitectura y la cultura es la naturaleza constituye el estado máximo al que se puede llegar. Creo que la mayor aspiración de un arquitecto es ser anónimo; ser anónimo no es ser falsamente modesto, sino conseguir construir en un tiempo, un espacio que posea la sabiduría acumulada durante miles de años; conseguir congregar con su inteligencia aquello que se hizo en miles de años. Cuando naturaleza y artefacto coexisten en perfecto equilibrio, entonces se alcanza el estadio supremo del arte o el silencio de las cosas. La misma palabra naturaleza puede tener otras connotaciones; sin embargo, es el silencio de las formas perennes.

¿Cómo se consigue este anonimato? No tiene que ver con la imitación, o sea, no se parte de la actitud de querer crear de modo análogo a la naturaleza. Hay unos arquitectos, que no son los que más me gustan –me gusta mucho más un Mies, justo por esta razón, que un Fernando Prado Coelho–, que saben, tras conseguir percibir las energías internas, que están imitando a la naturaleza. Y ésta tiene que percibir las energías internas que están en el arte; por ello es válido el discurso de que para hacer arquitectura es necesario a menudo violar a la naturaleza; es la propuesta perfecta. Este modo de proceder puede ser correcto; es la adecuación o inadecuación en contraste con esa convergencia de dos energías diferentes, que se pueden contraponer o no. Un arquitecto tiene que ser conciliatorio o no; la naturaleza debe imitar a la arquitectura, y la arquitectura debe imitar al arte desde un punto de vista más global. Esto supone la ruptura con el arte clásico y a la vez su manipulación. El arte es la liberación del campo de la geografía. Y esto solo se consigue con una metodología, con una cultura.

¿Por qué el Machu Pichu proporciona esta sensación de completo conglomerado de diversos factores? Porque existía el soporte de la cultura inca sobre el que durante miles y miles de años se trabajaron las cosas en esa dirección de un modo natural. Por tanto, cuando las montañas son arquitectura, se trabajan como plataformas, necesitan caminos, muros de soporte que también se pueden caer. La topografía tiene que cambiar de escala. Existe la postura contraria según la cual esta intervención, por ser inteligente usa el menor número de medios posible. Luego, si tenemos una piedra allí, ¿para qué hacer una escalera? Cortamos la piedra y ya tenemos los escalones; por tanto, la naturaleza proporciona constantemente formas y materiales a la arquitectura y ésta interviene en la naturaleza para adecuarla a sus propios fines. Esto se lleva a cabo durante tanto tiempo que permite la fusión entre las dos entidades diferentes. De ahí que no haya drama; si ambas sienten lo que hay, no proporcionan la sensación de serenidad de ellas mismas como ruinas.

 

Sin duda el factor que ha hecho posible esta transformación es el tiempo, un tiempo sobre el que sí has querido escribir…

Esta necesidad o propuesta de fundir lo artificial y lo natural, que yo creo que debe estar en la base de la arquitectura, no tiene que ver con el regreso a una posición clásica o aristotélica según la cual el arte debe imitar a la naturaleza. Esa fusión es la modernidad, el proyecto de la modernidad, lo que hace actuar a esta naturaleza, lo que debe imitar el arte. Asimismo, pienso en la fusión del arte o de la arquitectura con la naturaleza en el sentido de que la naturaleza no se manifiesta. Como ya dije al hablar de la cultura, la naturaleza, como entidad global, es un todo ligado a un cierto panteísmo. Hablo de la naturaleza como un conjunto de cosas naturales, nuestro envolvente, que abarca desde el reino mineral, vegetal o animal hasta los propios artefactos que pasaron a ser elementos afectivos de nuestro ámbito cotidiano. Cuando estos artefactos son naturales, pertenecen o forman parte de la herencia de la geografía que nos rodea. Es en este sentido que hablo de la naturaleza: en el caso de los incas, la intervención sobre la naturaleza queda diluida; en el caso de Berlín, es la propia arquitectura de la ciudad.

En estos momentos tú tienes el despacho profesional en el mismo edificio donde está el de Fernando Távora y en un futuro próximo también estará el de Álvaro Siza. Siempre he pensado que existe una franca y amable complicidad entre vosotros y, más en concreto, que admiras la obra de Távora y Siza. Formáis un grupo, una gran familia, tenéis muchos puntos en común, compartís trabajos, os gusta comentar y discutir vuestros proyectos. Recuerdo haber compartido con vosotros una visita al Monasterio de Santa María do Bouro, en la que Távora ofició de pater familias y te escribió una nota acerca de tu intervención en Bouro ¿A qué se debe este gran respeto y esta complicidad?

Me pareció por la cara que ponía que Távora no estaba de acuerdo con mi intervención. Aún así, esta cuestión del patrimonio arquitectónico debe ser tratada de una manera y en unas condiciones diferentes de como ha sido tratada hasta ahora. Por tanto haber podido intervenir en el Monasterio de Santa María do Bouro ha sido una oportunidad para mí.

En materia de restauración monumental, ser inteligente consiste en convertir los problemas complicados en sencillos. ¿Por qué? Porque lo antiguo no es una entidad abstracta. Lo antiguo es exactamente la sucesión de tiempos y espacios, y como mi intervención era una más, no tenía que enfrentarme al monumento. Darme cuenta de eso me permitió ir suavizando la intervención a lo largo del tiempo y, cuando llegué al final, pensé que me gustaría oír la opinión de Távora. Me dijo que le gustaba mucho el edificio, que era algo nuevo; creo que le gustó mi intervención. La crítica lateral de Siza fue más seca porque con él no había tenido la discusión metodológica previa que había tenido con Távora. Sólo me comentó: “el arquitecto es bueno, el cliente es bueno y el albañil es muy bueno”.

¿A qué se debe esta convivencia? Creo que es la sucesión natural de tres generaciones que se fueron cruzando. Se dio la coincidencia de que Siza había trabajado con Távora, que había sido alumno suyo y de que yo no fui alumno de Siza sino de Távora, y que trabajé con Siza. ¿Por qué? Vamos a comenzar por el principio: Távora es una figura histórica que resuelve un impasse de la cultura arquitectónica portuguesa. Nos guste o no la persona o la obra, se está en deuda con Távora. Távora sobrepasa una cuestión que consiste en el desfase constante de toda la cultura arquitectónica portuguesa con la realidad exterior. Es el primer arquitecto portugués contemporáneo. El no conoció la cultura japonesa ni el TEAM X. Participó en el congreso del CIAM escribiendo unas notas finales donde criticaba a Le Corbusier. Por tanto, en ese momento empieza a desarrollar lo que luego pondrá en práctica.

En cuanto a mí, a partir del esfuerzo de desarrollo teórico y práctico de la profesión, que en general es bastante difícil y más en estas circunstancias, siempre ha existido un desfase entre la teoría y la práctica. Puede ser realizado desde el punto de vista de los proyectos y queda bien; después es expresado y nunca es comprendido por los demás. Pero Távora hizo las dos cosas: escribió libros y, participando de aquel Movimiento Moderno, ofreció un instrumento a los demás. Es evidente que apareció un alumno no especialmente bueno (los había mejores) que era nada menos que Álvaro Siza. Pero Távora intuyó que Siza iba a ser un buen arquitecto y lo invitó a trabajar en su despacho. Por ejemplo, el proyecto del restaurante de la Rua Nova es del despacho de Távora, no de Siza. Siza introdujo como colaborador una carga tal que, naturalmente, Távora –que es un hombre inteligente– la consideró excesiva para él. Távora siguió una evolución natural ligada a su obra.

Yo trabajé con Siza durante y después de la Revolución. Cuando era estudiante, tuve que hacer un trabajo en la Escuela con el programa de Nuno Portas para el que necesite un arquitecto durante los periodos de investigación y reflexión sobre la ciudad, ya que lo prioritario en cualquier construcción es cumplir los plazos. Llamé a Siza, quien, como arquitecto, podía realizar el proyecto. Comencé a trabajar con él y de ahí nacieron unos lazos de amistad que duraron diez años; una amistad nacida del trabajo que se prolongó hasta que me despidió. No fui yo quién se marchó. Un día me dijo: “Usted ya no puede continuar más aquí, tiene que pensar en su vida profesional y no trabajar para otro arquitecto”. Después, a pesar de haberme ido, seguí teniendo obligaciones con Siza; era otro tipo de trabajos, no para su despacho, sino para concursos. Por consiguiente, existe cierta identidad arquitectónica o cultural. Tuvimos esa proximidad física, de relación con el trabajo y, en estos casos, o tiene lugar un drama (que nunca se produjo), o se da esa fusión de valores casi incomprensible, pero que a la vez debería darse en todos los casos. El resultado de esta situación desemboca en un legado entre generaciones, que es algo espontáneo, sin preparar, pero que sucede. Cuando me incluyen en la Escuela de Oporto, no es por esta proximidad ni por esta relación de amistad. Una escuela tiene una preocupación didáctica. Debe expresar sus puntos de vista, lo cual nunca fue, en nuestro caso un hecho muy relevante evidente.

 

Precisamente en relación a esta cuestión didáctica que me comentabas y a esta necesidad de tener un contacto, creo que hay unos textos con los que mantienes una relación muy especial. Me hablaste de tres textos: Autobiografía Científica de Aldo Rossi, Architektur de Donald Judd y Complejidad y contradicción en la Arquitectura de Robert Venturi. El texto de Rossi, posterior a su La arquitectura de la ciudad, es más íntimo y entrañable; de Donald Judd creo que te interesa su biografía como persona que decidió ser escultor antes que arquitecto para no tener clientes; de Venturi, sus criterios selectivos de contenido y lenguaje. ¿Podrías explicarme el porqué de estos tres textos y hasta que punto son referencias en tu trayectoria profesional?, ¿no existe un sentimiento paralelo a estos textos en algunos autores de la literatura europea?

Empiezo por Rossi, después Venturi y, finalmente Judd. De Rossi destacó la importancia histórica que tiene en el momento en que establece reglas y proporciona medios para intervenir. La memoria es corta y hoy, si volviésemos a la escuela, no nos acordaríamos de cómo estábamos. ¿Qué se hacía en los años sesenta en los centros históricos en términos de intervención y que se hacía en la periferia? El pluralismo del lenguaje, las decisiones y las soluciones se tomaban teniendo en cuenta una preocupación subjetiva. Me acuerdo perfectamente de los proyectos publicados de Aldo Rossi.

Recuerdo las dificultades que tuve antes de leer La arquitectura de la ciudad, texto que se proyecta en la propia ciudad. Cuando hace arquitectura en la ciudad llama a las cosas por su nombre, clasifica espacios, concede importancia a la jerarquía: aquí las viviendas, aquí lo que han de ser monumentos. Él introduce una cuestión que estaba totalmente olvidada: la historia. El Movimiento Moderno había hecho tabla rasa o decía que expresaba una cierta idea de la historia. Sin embargo en la Bauhaus no había asignatura de historia, aunque todo el mundo visitaba Grecia durante las vacaciones. Solamente tenemos las fotografías de Mies van der Rohe en Grecia. Esa es la importancia de la arquitectura monumental, el abastecimiento de medios; cuando el sistema está abastecido se agota. Ser abierto de tal manera no sirve para nada; ser cerrado del tal otra puede adentrarte en el futuro.

Esto es lo que sucedió en el caso de Rossi. Él sostiene que la tipología no puede ser el soporte de un proyecto; puede ser un instrumento, una ayuda, pero no el soporte. Partiendo de su experiencia, y tras constatar los edificios que había realizado, Rossi clarifica que las formas y las decisiones tienen mucho más que ver con una actitud interior voluntariosa que con un proyecto lineal y mecanicista de llegar a la forma a través del análisis de la ciudad. Al ser consciente de esta decisión subjetiva, intenta encontrar los fundamentos en su autobiografía y trata de expresarlo. Es decir, la idea es la misma: intentar expresar la ligazón que lo une a los otros, establecer que es posible hacer arquitectura con su biografía, con el diccionario visual y cultural de cada uno: cómo ha sido adquirido y cómo puede ser reutilizado. Esa es la base de la poética que él pretende fundar. Es evidente que se perciben los mecanismos. Sólo los arquitectos no muy inteligentes dejaron de percibirlos a los doce años, porque confundieron su propia biografía con la de Rossi. Ese fue el error.

En cuanto a Venturi no es casualidad que sea quien gane el concurso para el puente de la Academia de Venecia, en lugar de Rossi. No se puede menospreciar el valor del proyecto de Venturi. En el fondo, por más diferencias que existan, ambos tienen una identidad en común, a pesar de que uno proceda de la cultura europea y otro de la americana. En temas como el análisis de la historia, piensan igual. Venturi lo explora con controles más enfáticos sobre las formas, es decir, sobre los mecanismos y no sobre los resultados de la historia. Mientras Rossi se interesa más por el monumento como silueta final, a Venturi le interesa su forma de construcción y las vicisitudes que padeció durante la historia. Él escribe el libro Complejidad y contradicción en la arquitectura donde creo que introduce un cierto aire fresco en la rigurosidad y el academicismo hacia el que estaba derivando Rossi. Venturi llega a decodificar la importancia que Rossi atribuye a la historia, en el sentido de que no está tan sacralizada como Rossi trató de demostrar.

La historia es algo banal, tiene vacíos en algunas partes, otras partes poseen cualidades y, por tanto, analizada así, es operativa para nuestros proyectos. Lo es de tal modo que cuando Venturi elogia algunos periodos de la historia, sostiene que no está interesado o que no está de acuerdo con continuar la arquitectura moderna o el proyecto de la modernidad. Esto me parece notable. Es durísimo con Mies van der Rohe, que era el más radical. Pasaron los años. En las películas biográficas sobre Mies se pone de manifiesto un conjunto de adhesiones a su persona. Venturi afirmó : “de todas las frases o de todo aquello que hice en mi vida profesional, nada me preocupa excepto la afirmación que hice sobre Mies. Es un gran arquitecto, tal vez el más grande”.

Por otro lado está Mies. Creo que existe una lectura de Mies distinta de la que había habido con anterioridad. Mies no era aquel señor inflexible de construcciones milimétricas. Para comprobar que no eran tan milimétricas, basta ver la estereotomía del pabellón de Barcelona; parece que es cuadrado. De sus obras, casi ninguna es cuadrada. Luego hay variantes, más rigidez, y también sabemos que algunas estructuras de Mies no funcionan, son falsas. Algunas superficies son pura decoración. Por tanto Venturi, al hablar del Movimiento Moderno, percibe bien sus contradicciones anteriores aunque haya coincidencia de discursos.

En relación a los otros libros, fue años más tarde cuando descubrí el libro Architektur de Donald Judd. Hay algo importante en el hecho de que Judd no sea arquitecto y hable de arquitectura con un discurso tan transparente. Los arquitectos no hablan de las cosas simples de la arquitectura. Judd, en cambio, habla más como un hombre culto de la calle. Este podía haber sido el discurso de los arquitectos, pero estaban más entretenidos en discursos epistemológicos y semiológicos, mucho más abstractos. Judd era como alguien llegado de fuera; no había pasado por las cuestiones o los problemas y presentó una especie de huevo de Colón. Me interesó bastante porque durante los años setenta y ochenta había mucha gente que abandonaba la arquitectura por desencanto con la disciplina. De repente aparece una persona con autodisciplina que se desencanta, y va y dice: “yo quiero ser arquitecto”. Me gustaría mucho saber qué es lo que este señor descubre cuando todo el mundo se está lamentando y está desistiendo. Y es realmente ese descubrimiento casi desde cero lo que me interesa, esa frescura que él encuentra gracias a una ignorancia casi sabia.

Paralelamente, también me interesan otros libros que no son de arquitectura de los cuales aquello que extraigo es quizás mucho más importante que lo que dicen muchos libros de arquitectura. Por ejemplo autores como el poeta portugués Herberto Helder, que escribe casi explicando como escribe, lo que es escribir, sus problemas con los poetas anteriores; lo que tomó prestado de Mallarmé, de Pessoa: lo que viene ahora, lo que puede hacer. La descripción tan ideológica –“o dejo de escribir, o es casi un suicidio”– tiene el mecanismo similar a un poeta. Con alguien que escribe –no sucede a menudo con los arquitectos– hay casi como un flash de éste es igual a aquel, esto es así, estoy viendo a tal o cual persona.

Me interesa, por ejemplo un texto de Borges donde explica cómo escribe. Se trata de un proceso similar al empleado por algunos arquitectos o al que se podría emplear en la arquitectura. Cuenta cómo escribe tan espontáneamente, cómo corrige la espontaneidad, cómo al corregir la espontaneidad el texto queda forzado y es artificial, cómo se pueden volver a introducir errores provocativos para que el texto tenga sabor; critica al poeta italiano D´Annunzio por el exceso de escritura. Nosotros conocemos la analogía con la arquitectura.

Me interesa también un escritor que descubrí a través de la arquitectura pero no tiene nada que ver con ella: Thomas Bernhard. Le descubrí en Salzburgo a donde fui para presentar un proyecto. Coincidimos en las críticas que yo hice al encargo del proyecto, al concurso. Un discurso algo rutilante. Me dijeron que allí había un escritor y me ofrecieron un libro suyo. Hallé ese paralelismo. Después también supe que ese escritor tenía mucho que ver con Portugal. Pero tiene un libro fundamental, El naúfrago, donde se narra la experiencia de un pianista, y aparece la manera en la que Bernhard entiende la música, así como la fusión de la genialidad, que se explica muy bien como fusión entre el personaje y el instrumento. La persona, el músico en este caso, se transforma en piano y la mano deja de ser mano y se transforma en diseño.

Son cosas que no tienen nada que ver con la arquitectura. Me interesan porque, en primer lugar, están bien escritas, y en segundo lugar, presentan analogías con citas y personas que tienen que ver conmigo. Eso es importante: estar en Salzburgo como traductor, o como redactor de las actas del consurso; Bernhard también hacía de secretario y escritor. Sólo que este escritor había escrito varios libros en Portugal, cinco hasta esa fecha. A propósito de esos escritos en Salzburgo, es este conjunto de coincidencias los que proporcionan una cadena viva.

Me interesan más aún otras muchas cosas que no tienen nada que ver con la literatura, como por ejemplo la pintura y la música, o la explicación del cambio radical de estilo desde el periodo inicial del blues al rock. Yo había tocado blues en varios festivales con una guitarra de rock. Y había ido allí no por moda, sino para encontrar una estabilidad y para sacar, sin la más mínima censura moral, una ansiedad en busca de un lenguaje. Todo lo que surgía, lo trabajaba hasta llegar al punto de total agotamiento.

Para no hablar más, quizás podría acabar esta pregunta con un libro que es casi un manual del arquitecto. Es un libro de Fernando Pessoa. Sólo el título tiene que ver con la profesión; se trata del Libro del desasosiego; es un diario que casi podría ser de un arquitecto.

Eduardo Souto de Moura (Oporto, 1952), es uno de los grandes arquitectos del panorama portugués contemporáneo. Figura clave de las nuevas generaciones de arquitectos de su país, se ha convertido en el personaje que ha tomado el relevo en la línea marcada por los dos grandes maestros de la arquitectura moderna portuguesa: Fernando Távora y Alvaro Siza.

La Editorial Gustavo Gili publicó en el 1990 la primera monografía dedicada a su obra y, desde entonces, el creciente interés por parte de la crítica internacional, motivó la publicación de este segundo número monográfico que complementa al anterior con la extensa producción del arquitecto. El uso de los materiales y la sencilla y antiretórica elementalidad constructiva en sus últimas obras, le separan de esa cierta continuidad estilística y regional de las nuevas arquitecturas portuguesas, para acercarse más a posiciones compartidas por otros arquitectos europeos, en una visión crítica de los límites de lo que parecía entenderse como región. Incluye la entrevista realizada por Xavier Güell.

Tomado de: http://proyectandoleyendo.wordpress.com/2010/11/27/conversaciones-con-eduardo-souto-de-moura-xavier-guell/

Otros links: El premio Pritzker (2011) regresa a Portugal.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/premio/Pritzker/regresa/Portugal/elpepucul/20110328elpepucul_15/Tes

Obras más representativas ordenadas en forma cronológica:

1981-1991 Casa das Artes. 1er premio, Oporto, Portugal.

1989-1997 Rehabilitación para Pousada del Monasterio Cisterciense de Santa María do Bouro, Braga, Portugal.

1991-1998 Casa en Moledo do Minho, Caminha, Portugal.

1991-2007 Edificio Comercial y de Oficinas Burgo Empreendimento, Oporto, Portugal.

1992-1995 Edificio de Viviendas en Rua do Teatro, Oporto, Portugal.

1992-2002 Viviendas en Hilera en la Pasteleira, Oporto, Portugal.

1993-1999 Casas Patio en Matosinhos, Matosinhos, Portugal.

1994-2001 Tres Viviendas en la Plaza de Lieja, Foz, Portugal.

1994-2002 Casa en Cascais, Cascais, Portugal.

1994-2002 Casa en la Serra da Arrábida, Setúbal, Portugal.

1996-2001 Casa en la Rua do Crasto, Foz, Portugal.

1996-2007 Casa en Bom Jesus 2, Braga, Portugal.

1996-2007 Casa en Maia, Maia, Portugal.

1997-2001 Edificio de Viviendas en Maia, Maia, Portugal.

1997-2004 Metro de Oporto (Estación de Casa do Música), Oporto, Portugal.

1998 Proyecto Iglesia de la Misericordia, Maia, Portugal.

1998-2003 Casa del Cine Manoel de Oliveira, Oporto, Portugal.

2000-2003 Estadio Municipal de Braga, Braga, Portugal.

2000-2004 Proyecto Pabellón Multiusos, Viana do Castelo, Portugal.

2001-2002 Dos casas en Ponte de Lima, Ponte de Lima, Portugal.

2002 Proyecto Casa en Guimarães (Quinta da Borralha), Guimarães, Portugal.

2002-2008 Museo de Arte Contemporáneo de Braganza, Braganza, Portugal.

2003-2005 Casas ‘Quinta da Avenida’, Oporto, Portugal.

2003-2009 Casa en Llabià, Llabià, España.

2004 Proyecto Dos Casas en el Duero, Mesão Frio, Portugal.

2004 Proyecto Tres Casas en Óbidos, Óbidos, Portugal.

2004-2007 Edificio Comercial y de Oficinas en la Avenida da Boavista, Oporto, Portugal.

2005 Proyecto Crematorio ‘Uitzicht’ en Kortrijk, Courtrai, Bélgica.

2005-2009 Casa das Historias Paula Rego, Cascais, Portugal.

2006 Proyecto Casa en Santo Estevão, Benavente, Portugal.

2006 Proyecto Villa Utopía, Carnaxide, Portugal.

2008 Pabellón de Portugal en la 11 Bienal de Arquitectura de Venecia, Venecia, Italia.

2008 Proyecto Casa en Vilamoura, Loulé, Portugal.

2008 Hospital de Todos los Santos, Lisboa, Portugal.

2008 Proyecto Hotel do Bom Sucesso, Óbidos, Portugal.

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