EL ESPACIO COMERCIAL COMO LUGAR DE RELACIÓN. J.M. Montaner / Z. Muxí. La Vanguardia. Barcelona.

 

 

Generalmente, los espacios comerciales no son auténticos espacios públicos, ya que no son de dominio público, es decir, es la propiedad la que decide quienes lo usan y como se han de usar. Además están pensados exclusivamente para actividades remuneradas y para fomentar el consumo. A pesar de ello, se nos ha intentado convencer de que los centros comerciales son el espacio público contemporáneo ideal: controlado, climatizado y sin conflictos. Y esto no es así. El espacio público no puede ser un lugar condicionado por intereses privados y que segregan; ha de ser un lugar de libertad que acepte los conflictos.

Sin embargo, hay matices y excepciones, como cuando, por alguna razón, la ciudad se entreteje de manera singular con ese espacio privado. ¿Qué sucede cuando por  diferentes factores el espacio público está degradado y abandonado, y aparecen espacios abiertos de calidad y con usos más libres, relacionados con grandes conjuntos comerciales? ¿Un centro comercial tiene siempre el efecto de vampirizar la vida urbana de los alrededores o puede aportar cualidades a su entorno urbano?

En Manila, Filipinas, encontramos el caso de un gran espacio público abierto, al aire libre, frente a la costa, creado a partir de un proyecto comercial. Este espacio puede ser considerado como público y libre para las clases medias y bajas. En este caso curioso, no nos interesa tanto el espacio comercial como el paseo, unos espacios que derivan de una promoción privada, pero que funcionan como auténticos espacios de uso público. Se trata del SM Mall of Asia, promocionado como el más grande de ese continente, y el tercero en el mundo, y proyectado por el estudio Arquitectonica, radicado en Miami y dirigido por el arquitecto de origen peruano Bernardo Fort-Brescia y la arquitecta norteamericana Laurinda Spear. Y SM son la siglas de la empresa San Miguel, cervecera fundada en Manila en 1890 por un empresario de origen español, Enrique Maria Barretto de Ycaza, en el entonces barrio de San Miguel y hoy Cebu City. Más tarde, a partir de 1953, la marca se expandió por España a partir de la fábrica de Lleida.

El Mall of Asia se empezó en el 2002 y se inauguró en el 2006, siendo el proyecto emblemático del Master Plan SM Bay City District, también de Arquitectonica. Miles de personas cada día, especialmente por la tarde, pasean libremente por el paseo marítimo que queda definido al otro lado de la avenida Pacific Drive y del inmenso centro comercial. En este paseo público, que recuerda mucho el malecón de La Habana,  familias con niños, gente mayor y parejas se hacen fotos, juegan con incontables artilugios, ya sean propios o del sitio, y se sientan a contemplar las puestas de sol. Las aguas tal vez no sean las más limpias, pero la inmensidad del paisaje se contempla con todo su esplendor. Al igual que en otras metrópolis, con un paisaje urbano gastado y colmatado, la necesidad de conectar con un momento natural nos recuerda a las multitudes de jóvenes que acuden a las playas del área metropolitana de Tokio, viajando en atestados metros para poder llegar a observar la puesta del sol, mirando al horizonte más allá de la primera línea de degradación y descuido.

En Manila, el Mall of Asia funciona como gran pórtico de entrada al paseo marítimo; las calles peatonales perpendiculares atraviesan sin impedimentos el centro comercial. Sin impedimentos quiere decir que no hay elementos que controlen, ni accidentes arquitectónicos que corten el paso fluido de las persona. Por supuesto, estas calles están llenas de ofertas y tentaciones comerciales, pero no son calles sin salidas, ni itinerarios laberínticos, sino que claramente sirven de conexión entre el apeadero de autobuses del transporte público y el paseo. De alguna manera, el límite entre lo público y lo privado no está tan claro y lo público puede penetrar dentro de lo privado. El paseo también tiene oferta comercial, principalmente sitios de comidas que son intercalados por tiendas que venden pescado y productos de la mar, como si se tratase de pescadores o vendedores informales aunque, realmente, sean dependientes del centro comercial. Sin embargo, esta oferta no invade el espacio para el paseo, de manera que se puede andar o estar sin el fin ineludible del consumo, ya que tampoco se prohíben las comidas populares en base a viandas que traen desde sus casas.

La ciudad de Manila carece prácticamente de espacio público, para la estancia y el caminar, a excepción del gran parque de Rizal, con sus jardines y museos, muy utilizados por estudiantes y clases populares; del entorno del Centro Cultural de Filipinas, en forma de campus; y de alguna travesía de lo que queda de su casco histórico o Intramuros. Lógicamente, los espacios públicos más intensamente utilizados son las estrechas calles comerciales, ocupadas por puestos callejeros, que se enlazan, sin solución de continuidad, con las actividades religiosas en los aledaños e interiores de las iglesias. En esta ciudad, el vehículo rodado tiene preferencia en el trazado de las calles y reina el caos vehicular. Las aceras, cuando las hay, están deterioradas y, aún así, para muchas familias son el soporte de su único hogar, junto a sus pocos enseres y sus pobres vehículos. Por todo ello, el paseo marítimo del Mall of Asia viene a paliar esta aguda falta de espacio de estar tranquilamente al aire libre.

Es cierto que en Makaty City, el distrito de negocios, hay grandes espacios libres en el interior del megacentro comercial de lujo, que pretende ser un greenbelt mall y que llega a albergar en su corazón, lleno de árboles, una iglesia católica. Pero éste es para las clases medias y altas, y el control en el acceso es muy fuerte, con policías que registran a los peatones como si fuera el acceso a un aeropuerto amenazado de atentados.

El acierto del Mall of Asia y su paseo abierto es, precisamente, ser un espacio de calidad, seguro para las personas que caminan, al tiempo que se puede disfrutar de la situación geográfica privilegiada de la ciudad.

En Barcelona tenemos centros comerciales y de ocio convencionales que no aportan nada a la ciudad, más bien le roban vitalidad. Son Diagonal Mar, La Maquinista o Gran Vía 2, que no generan ningún auténtico espacio público. En su diseño se ha optado por soluciones que dificultan el acceso peatonal, privilegiando el acceso rodado, anulando casi en su totalidad la relación comercial directa con la calle.

Pero tenemos excepciones, que consiguen sumar lo público y lo privado. Es lo que pasa en el Maremágnum, proyectado por Albert Viaplana y Helio Piñón que, a pesar de la mala gestión que le caracteriza, ha logrado, con su ubicación y con la facilidad para ser atravesado, formar parte de un recorrido que ha alargado las Ramblas más allá de Colón, generando en un primer momento un recorrido inédito alrededor del puerto. Y en la Illa Diagonal, proyecto de Rafael Moneo y Manuel de Solà-Morales, donde un cuidado diseño mantiene la continuidad viaria al tiempo que favorece la continuidad peatonal, procurando que se convierta en un mall totalmente abierto, para ser atravesado y poder ser incorporado como un espacio público cubierto. Además del diseño cuidado en la Illa Diagonal se da la condición necesaria de mezcla de funciones, de accesos a pie plano, de crear espacios públicos de calidad en el parque interior y en las aceras que lo circundan y que lo penetran desdibujando los límites entre el interior y el exterior.

Por lo tanto, no están tan claros cuales son los límites entre lo público y lo privado. Un espacio público degradado y mal iluminado, controlado por ciertos sectores, o bajo vigilancia policial puede tener muy poco de público. Lo mismo sucede cuando plazas y avenidas son ocupadas por ferias y muestras publicitarias que privatizan el espacio, impiden el paso de las personas y anulan su función conectora dentro de la ciudad. En cambio, dentro del SESC Pompeia en Sao Paulo, la obra emblemática de Lina Bo Bardi, o en el paseo marítimo del Mall of Asia en Manila, en ciudades que han abandonado parte de sus calles y plazas a su suerte y rumbo, es posible conseguir sentirse en un espacio auténticamente público, aunque se esté dentro del recinto de una asociación cooperativa del sindicato del comercio o al lado de un gran centro comercial.

Josep Maria Montaner es arquitecto doctor y catedrático de la UPC. Es el director del programa del Máster Laboratorio de la Vivienda del siglo XXI en la ETSAB.

Zaida Muxí Martínez es arquitecta doctora, profesora y cordinadora de la ETSAB y co-directora junto con Josep Maria Montaner del programa del Máster Laboratorio de la Vivienda del siglo XXI en la ETSAB.

Tomado de: http://www.vitruvius.com.br/revistas/read/drops/10.032/3443

Artículo originalmente publicado en el periódico ‘La Vanguardia’ de 13 de mayo de 2009

 

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