ENTREVISTA: CARLOS GÓMEZ DE LLARENA (1939). Premio Nacional de Arquitectura, 1976. Venezuela. Arquitecto español. Raffael Arraiz Lucca. Prodavinci. Venezuela.

Rafael Arráiz Lucca. 10/08/09

Carlos Gómez de Llarena: la apasionada caraqueñidad de un español

Para la historia de la arquitectura venezolana el nombre de este hombre nacido en Zaragoza es tan indispensable como el más criollo de los arquitectos. A lo largo del valle de Caracas la huella de su trabajo se hace visible: el Parque Vargas (1984), el Palacio de Justicia (1986), la Galería de Arte Nacional (1989-2009), la escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas (1986), la Torre Europa (1975) y la América (1979), la torre Banco Unión, el Centro San Ignacio (1998), son algunas de las obras que influyen decididamente en el perfil de la caraqueñidad arquitectónica. Gómez de Llarena discurre con tanta fluidez y rapidez como lo hace su reconocida inteligencia. Sigamos sus palabras.

¿Cuándo y por qué llegaste a Venezuela?

 Yo llegué a Venezuela en octubre del 54, con 15 años recién cumplidos. La responsabilidad de venir a Venezuela no es mía sino de mi papá, que estaba aquí desde tres años antes. Él hizo la guerra en España, mi familia es toda monárquica, para más señas, carlista. No es que fueran contrarios a Juan Carlos, pero ellos apoyaban la corriente de Carlos Hugo. Mi familia ha sido monárquica toda la vida. Mi papá hizo la guerra en España al lado de Franco, no por franquista sino por carlista. Él había empezado a estudiar arquitectura en Madrid y andaba ya por segundo o tercer año cuando estalló la guerra. Se retiró e hizo una carrera importante como comandante de aviación, y después de la guerra se quedó en la aviación. Ya había nacido yo en octubre del 39, el que llamaban ellos el «Año de la Victoria», porque fue el año en que terminó la guerra civil española. Entonces papá, ya casado y con un hijo, no pudo volver a estudiar, se quedó en la aviación y dirigía la Dirección de Tránsito Aéreo. Organizó eso que llaman corredores aéreos en Madrid, en Barajas, pero tenía un primo, Joaquín van Den Brulle, que vino a Venezuela y le iba muy bien y aquí estaban buscando alguien para hacer aerofotogrametría, para los estudios de toda la zona de desarrollo de Guayana, donde está el Orinoco, para hacer el ferrocarril y papá, que tenía además entrenamiento de arquitecto, entró a hacer esas cosas, a levantar planos aéreos. Le iba muy bien, hizo esa aerofotogrametría de Guayana y luego se metió en un negocio, una de esas cosas que pasaban con velocidad vertiginosa en Venezuela en la época de Pérez Jiménez. Mi papá acabó siendo presidente de la urbanización Los Naranjos, porque empezó a hacer un movimiento de tierra y en un momento le debían tanto dinero que le vendieron la empresa, pero se quedó con los pasivos. Hizo toda la carretera que sube a Los Naranjos e incluso contrató el puente que hizo Otaola entre Plaza Las Américas y la subida de Los Naranjos.

¿Cómo se llamaba?

Carmelo Gómez de Llarena. Papá tenía dos socios más, uno de apellido Roig y el otro era Manuel Pico, que fue además gerente de la General Electric y de Caterpillar, la gente que vendía los tractores. Los tres eran los dueños, pero papá era el presidente. A papá le iba muy bien acá, ganando dinero, primero se trajo a mi mamá y después me trajo a mí y a mi hermana.

¿En el 54 llegaron ustedes dos?

En el 54. A ellos les iba muy bien, papá incluso ganó una licitación importante de uno de los tres tramos que había de autopista desde Coche a Tejerías. Ganó la licitación y se metió en una deuda comprando dos mototrailers, que costaban una fortuna, y no sé cuántos tractores más para causar buena impresión, y empezó a trabajar como un loco cuando todavía no habían firmado el contrato y en eso cayó Pérez Jiménez. El caso es que le empezó a ir mal, desgraciadamente. Yo ya había empezado a estudiar arquitectura en el 54, empecé primero a hacer la reválida del título de bachiller y después me metí en arquitectura en la Central.

¿Tus primeros 15 años los pasas en Zaragoza?

No, los pasé en varios sitios. Yo nací en Zaragoza, después creo que la primera vez que viajé fue a Marruecos, porque mi papá era piloto personal del alto comisario de España en Tetuán. Yo me acuerdo chiquitico que estaba en Tetuán e incluso me acuerdo de la playa San Martín. Recuerdo que había unos autobuses con gasógeno, recuerdo el olor a sardina frita en la playa y resulta que son memorias compartidas con el que fue luego mi socio, Moisés Benacerraf y con Margot Benacerraf, porque ellos son de allá.

El caso es que pasé unos años allá en Tetuán, de ahí fuimos a Palma de Mallorca. Mi papá fue jefe del aeropuerto de Mallorca por unos años, estábamos en Portopin, que ahora está lleno de hoteles, después nos fuimos a Madrid y allí viví como siete años, y en Madrid estudiaba en un instituto que ha resultado muy importante, que se llama Instituto Ramiro de Maeztu, que está al comienzo de Serrano, un instituto ejemplar, un instituto modelo. Ese colegio estaba hecho con un nuevo patrón de educación y hay mucha gente importante que estudió ahí. Hice la Primera Comunión en la iglesia que está al lado, que se llama del Espíritu Santo.

Cuando mi papá se vino para acá, yo me fui con mi abuela a Madrid otra vez y allí hice dos años de bachillerato. Mi mamá hizo un viaje o dos y por fin nos vinimos para acá.

¿Y cuál es tu primera impresión del trópico?

Bueno, un poco caótica. Cuando llegué a La Guaira era muy joven y una de las cosas que sentí cuando entré en la Universidad Católica, era la burla que había en aquel momento…

¿Cómo en la Universidad Católica? Allí no hay arquitectura.

Llegué a la Católica porque entonces existía algo que llamaban el preuniversitario, que era el quinto año de bachillerato, que se hacía en la universidad. Bueno, entré ahí y los compañeros míos eran José Antonio Abreu, José Ignacio Cadavieco, Carlos Enrique Zingg, quien siempre estaba conmigo sentado al lado. A mí me llamaban «españolito», en un momento en que ellos se burlaban de todos los extranjeros, entonces a mí me pusieron de apodo «cara de cartera», pero es que además para mí fue un impacto muy grande, porque quince años en aquel momento, franquista en España, no sabía ni siquiera cómo se hacían los hijos, te lo juro, y caí en un grupo en el que tenían novias y hacían el amor. Caí en una especie de batidora, no entendía nada. Pero entonces, tuve que desarrollar otro tipo de armas, otro tipo de instrumentos para relacionarme con la gente y, por supuesto, uno de ellos fue el humor, me las arreglé y me hice amigo de muchos de ellos. Yo venía todos los días a mi casa y me gustaba venirme a pie desde allá, hasta aquí a Las Mercedes. Hacía un recorrido por la Urdaneta y luego saltaba a Sabana Grande.

¿Vivías aquí, en Las Mercedes?

En la calle Londres, edificio El Samán, un apartamento sabroso que tenía mi papá ahí. Siempre he estado acá, en Las Mercedes. De Las Mercedes nos mudamos a vivir a San Román, de San Román a la calle La Cinta, un edificio de Beckoff, que se llama edificio Lian. De ahí me fui a otro edificio cuando mis papás se marcharon. Yo tomé una decisión muy difícil en mi vida: a los 20, 21 años toda mi familia se fue, mis tres hermanos, mi papá y mi mamá, y querían que yo me fuera, pero decidí quedarme y me quedé solo.

¿Y están en España todos?

Mi mamá y mis hermanos están todos allá. Una hermana mía luego se marchó a Roma, pero yo decidí quedarme solo porque me sentía muy bien acá y en cambio me sentía incómodo en España cuando iba, no me gustaba el ambiente. Estoy feliz con todo lo que viví y sentí en esos momentos, a esa edad temprana me iba muy bien, entré en arquitectura, enseguida tuve éxito, le hacía trabajos a Martín Vegas, a Jimmy Alcock y ganaba dinero. Entonces, iba a España a la Facultad de Arquitectura, y les decía que tenía una oficina con secretaria a los veinte años y me hacían encarguitos como el de hacer unas perspectivas, un galpón industrial y ese tipo de cosas. Mientras que allá, el plan de los alumnos que hacían la tesis de graduación era egresar, trabajar para un estudio y quizás a los treinta y cinco años poner una oficina aparte. Cuando yo les decía que estaba estudiando y que tenía con Manuel Fuentes, Ignacio Contreras y Luis Vásquez una oficina en el edificio Easo con secretaria, me decían «esto es cuento», debía demostrárselo…

¿Cuándo regresan tus padres y tus hermanos a España?

Un año y pico después de la caída de Pérez Jiménez. Más o menos entre el 59 y el 60. Tengo un amigo que me dice «oye, tú no te has hecho venezolano». Sí, no me he hecho venezolano. Primero, sentí viniendo para acá que yo era español y siempre me trataban como español y nunca hice ningún esfuerzo por disimular mi acento y además me ha ido bien, entonces le tenía un gran miedo a esa frase que era muy usual entonces, con los extranjeros que venían para acá y enseguida se hacían venezolanos y los llamaban «reencauchados». Nunca quise ser reencauchado, porque me parecía que era quedarte en el medio de nada, porque tienes que renunciar a tu nacionalidad y, sin embargo, nunca eres realmente venezolano. Entonces me gustó mucho quedarme acá, me he casado dos veces con venezolanas, con Ana Luisa Figueredo, primero, y luego con Hannia Gómez, y jamás me he hecho venezolano y estoy esperando que algún día me hagan venezolano porque me sientan venezolano, pero eso de pensar que dejo de ser español para ser venezolano, nunca.

No necesitas hacerlo.

Pero fíjate que te estoy hablando de unos momentos en que España era un desastre y ser español era una calamidad. No ahora que España está de moda. Porque claro, ahora ser español tiene un cierto glamour, pero entonces no tenía ninguno y yo no quise dejar de ser español. Y creo que en otro lugar no hubiera hecho nunca más cosas de las que he hecho aquí.

Has hecho muchísimo.

Estoy haciendo el Palacio de Justicia, en la avenida Bolívar, el Parque Vargas, la Galería de Arte Nacional, además de las cosas privadas, y eso habla muy bien de este país. Aquí hay una transparencia y una permeabilidad magníficas, nadie me ha pedido jamás que para hacer esto tienes que quitarte la nacionalidad. Me han tomado como soy. He hecho toda mi carrera aquí, nunca he hecho postgrados fuera ni nada, todo lo que he estudiado lo he estudiado acá y más bien lo que he hecho fuera es enseñar, he ido a enseñar, pero no a aprender, lo que he aprendido lo he aprendido todo acá.

¿Cómo ves tú la España de ahora? Porque hay un tránsito en España que es asombroso, de aquella dictadura de Franco, sobre todo aquel atraso, a este milagro de hoy en día.

Me gusta mucho, me parece que España tuvo esa época que es como de reflexión y de introspección, frente al panorama de una Europa en reconstrucción, con dinero, con aperturas, con el Plan Marshall. A mí me parece que España con Franco, y con esa especie de filtro y de concha protectora que la aisló y la hizo permanecer un poco en el siglo XIX, logró una cosa muy valiosa y es que los profesionales, los escritores, tuvieron que formarse a pesar de eso, y creo que hay una fuerza interesante en la España de esos años, en esa soledad, en esa dificultad de acceder a libros, y me parece que eso ha hecho una España muy sólida.

A mí, por ejemplo, me asombró mucho y me dio orgullo ver la transición como la llevó Felipe González y todo el grupo aquél, la manera como ellos hicieron el país, cómo armaron las autonomías y quitaron las banderas a grupos revoltosos, hicieron algo muy creativo y cómo llega, por ejemplo, un tipo del Partido Socialista Obrero que le decía a los adecos aquí: «Nosotros somos obreros, pero estamos muy claros en que lo primero que nos hace falta es tener patronos». Esa capacidad de poder dar un mensaje inteligente me parece que ha sido posible por esa especie de caldo de cultivo que hubo, en que todo se asentó y se hizo más propio.

¿Y cuáles son los arquitectos que forman tu panteón personal? Me imagino que habrá algunos españoles y algunos maestros venezolanos también.

De los venezolanos indudablemente que la obra de Villanueva es impresionante. Después tengo maestros míos que me han enseñado directamente, que han sido Galia, Martín Vegas y en cierta manera, más coetáneo conmigo, Jimmy Alcock, que fue también de los primeros con quienes trabajé. Aprendí viéndolo trabajar e incluso discutiéndole cosas y no estando de acuerdo, pero viendo la elegancia que tiene, la manera que tiene de resolver. Luego, en mi último año, elegí de profesor para mi tesis a Jesús Tenreiro. Ellos son, digamos, las personas de las que he aprendido.

¿Y en España?

En España me encanta Rafael Moneo, me gustan no todas las cosas de él, aunque me parece que cae en excesos de virtuosismo y a veces lo desconozco, pero creo que hay obras como el Museo de Arte Romano de Mérida que es como un insertado de un piso nuevo en unas ruinas romanas, y el edificio que hizo en Sevilla, frente a la Torre del Oro, que son extraordinarios.

¿Solamente citarías a Moneo?

También me gusta Calatrava en cuanto a construcción, pero las últimas cosas que está haciendo me parecen un poco repetitivas. Y de los maestros de la arquitectura contemporánea está Le Corbusier, a quien siento un poco ajeno porque no me gusta para nada su enfoque de la ciudad, me parece criminal y ha causado muchos de nuestros males. Si Le Corbusier se hubiera salido con la suya, todo el Marais estaría destruido, y quedarían nada más las puertas de San Martin. No sé cómo puede una persona vivir allá y pensar así. Ahora, aparte de ese punto de vista, que es criminal, uno no puede sino admirar su arquitectura en lo que tiene de escultura, en lo que tiene de potencia, de expresión y, además, su poder de convicción que es extraordinario. Las imágenes que usó para cautivar a toda la cultura arquitectónica en el momento fueron geniales. Por otro lado, el que creo que es un gran maestro es Mies van der Rohe, siempre le tuvo un enorme respeto a la ciudad. El otro es Frank Lloyd Wright, pero es difícil seguirlo porque es una escuela en sí mismo, en cambio Mies crea una escuela de enseñanza, de un modo de hacer arquitectura.

¿Y cómo es tu relación con tu obra? ¿Cómo te relacionas con esos espacios que salieron de tu mesa de dibujo?

Es complejo decírtelo. A mí se me ha parecido a cuando tú lees un libro tuyo o un artículo tuyo. Me gusta, lo reconozco, me acuerdo de todo lo que me costó hacerlo, aunque también sé que si hoy lo hiciera lo haría diferente.

¿Y no les ves defectos?

Sí, claro. Primero, los defectos evidentes porque no lo construyeron como yo quería, después defectos de cosas en las que me equivoqué, después las cosas en las que la pegué, te acuerdas que a lo mejor, en algunas de las muchas discusiones con Ingeniería Municipal o con los propietarios o con el constructor, no tenías que haberte dado por vencido y tenías que haber peleado más. Entonces, es una especie de masticar, digerir eso otra vez y me pasa con todo, unas obras son más exitosas y otras son menos. Básicamente, digamos, en un gran porcentaje estoy muy contento con las cosas que he hecho, particularmente con la relación con la ciudad. Yo pienso que un edificio de un banco o un palacio de justicia tienen que hacer ciudad, porque creo que la ciudad se hace justamente con esa gran construcción hecha de ladrillos. Cada edificio mío o nuestro, porque son hechos prácticamente todos con Moisés Benacerraf, son obras en las cuales ese enfoque está plasmado. La Torre Europa es un edificio que se vuelve un mito, no te voy a decir las cosas que tiene, pero digamos que hay cierto reconocimiento de una esquina, de un espacio, de un alineamiento. En el caso del Banco Unión era hacer una plaza, que tuvimos que pelearlo pero se peleó y se ganó, un espacio que no existía, un espacio abierto, al que además le hicimos el programa de todos los espacios culturales arriba en el auditorio y la sala de exposiciones, aunque no nos la pidieron, la conexión de la calle por la que uno pasa y baja en la escalera mecánica que va al Metro, son cosas urbanas, porque con esas cosas es que uno arma una ciudad.

Y en el caso del Palacio de Justicia, el problema era hacer la plaza, que no está todavía hecha, porque eran dos edificios independientes y cómo hacer de dos edificios un palacio con un espacio interior que es una plaza cubierta. Yo me planteo siempre ese problema de hacer ciudad, que es un problema que tengo que resolver, incluso a costa del propietario. Ahora estamos, por ejemplo, con el proyecto que ganamos de la Plaza Venezuela, donde de las cosas que nos cuesta trabajo vender y hacer es toda la relación con la plaza, con la autopista, el programa de arte, porque este edificio debe continuar, en cierta manera, la disciplina de Villanueva de unión con el arte, y por lo tanto, aunque sea un centro comercial y aunque lo construya hipermercados Éxito, estamos tratando de que tenga en la fachada y en el espacio interior y en los pavimentos de los pisos y los plafones, algo de esa relación con el arte. ¿Cómo lograrlo? Bueno, estoy pensando. Hablé con Soto a ver si le damos un local comercial y que Soto nos haga la parte intelectual de la obra y entonces lo que cueste el mural, lo que fuera, se paga. El caso es que uno anda siempre tratando de resolver el problema que te envíen, pero estás haciendo otra cosa también y ésa es una batalla que no es fácil, muchas cosas las pierdes, otras las ganas.

¿No has hecho casas?

No, eso es una cosa curiosa, he hecho proyectos de casas, y tengo una casa construida, la de Carlos Vicente Sucre, es la única casa construida, la hice en Los Campitos, cuando estaba trabajando con Martín Vegas. Hice otra casa para María Ramírez y Miguel Neumann que nunca se construyó y era muy bonita. Hice una casa para Edwin, el dueño de Acuarios Aruba, en Aruba, y tengo la maqueta en la oficina y me gusta mucho.

¿Y nunca has pensado hacerte una?

Sí, he pensado hacerla aquí atrás, porque este edificio es mío, lo he ido comprando todo y en el terreno de atrás tengo un proyecto de una torre, entonces Hannia dice que no, que nunca lo voy a terminar, yo creo que algún día lo haré. De todas maneras, soy enormemente desordenado en mi oficina y en mi casa, entonces no me preocupa mucho eso, pero digamos que no me he planteado eso como algo prioritario, pero sí pienso en lo que me gustaría cuando la haga, tengo una idea de hacer como un bloque. Un bloque muy transparente con mucha altura y con bibliotecas. Me he tomado en este edificio tres apartamentos y en un momento dado quiero subir, crecer hacia arriba y hacerme atrás una torre, porque me gusta la casa vertical. Me quiero hacer aquí atrás una casa torre como de cinco plantas, pero mía, con un ascensorcito, una escalera y unos vacíos grandes que se miran uno a otro y que más o menos absorban el árbol grande que tengo aquí al lado y se meta un poco el árbol, o sea, como una casa pequeña de planta pero alta. Pero no la he hecho, y no sé si alguna vez la haga, pero si me la hago me gustaría de esa forma.

¿Nunca has pensado en irte de acá, ni siquiera en estos tiempos recientes?

No, no. Yo tengo sitios donde llegar, el apartamento en Nueva York, el apartamento en Varillas de mi mamá, que es mío, en Madrid, pero nunca me lo he planteado, porque estoy seguro de que esta situación es transitoria. He visto ya muchas veces a este país rebotar, incluso no me importa ni siquiera trabajar con Chávez, porque tengo, en construcción, unos hijos pródigos que son el Palacio de Justicia, el Parque Vargas, la Galería de Arte Nacional, por lo cual no me puedo permitir estar peleado con el gobierno. Entonces cada vez que me llaman yo voy, estoy a la orden, porque quiero estar ahí cuando tomen decisiones y quiero que las decisiones de cierta manera vayan por donde tienen que ir y entonces uno no puede permitirse el lujo de decir: soy de la oposición. Creo que con el gobierno que sea, si estoy ahí es menos malo que si no estoy.

Cuando me llamaron en estos días para ver lo de los pimientos esos que están plantando, les recomendé una cosa, ¿por qué no ponen aquí una unidad educativa, reparten unos panfletos de cómo se siembran las cosas, a las matas les ponen un letrerito y hacen una especie de show educativo? Yo les apoyo. Ahora, está claro que este espacio es para áreas culturales, no se los dije, pero recordé yendo para allá que la palabra cultura viene de cultivar, en el fondo las áreas culturales sí son cultivos. Quizás un poco por consolarme, prefiero que pongan algo así, que con un tractor la raspan en dos horas, a que empiecen a plantar un edificio de otra cosa.

¿Y de tus obras terminadas hay alguna por la que sientas una relación afectiva en particular, te gusta una más que otra, o eso es difícil preguntárselo a un creador?

Es difícil. Te puedo decir las que controlé, por decirlo así. Es como si tú te metieras en la imprenta, con un libro y una vez que entregas el manuscrito, te olvidas. En cambio, otras veces estás ahí, viendo cómo son las páginas, cómo es el lomo y dices «la letra pónmela así», estás controlando. Esto lo logré con algunas obras más que con otras. ¿Con cuáles las logré más? Creo que con el Banco Unión. Está bien construido y las decisiones están hasta en el último detalle. Hicimos un trabajo muy importante, los colores, incluso la forma del edificio y la geometría están relacionados con el logotipo, que está dibujado en el piso, en mármol; por lo tanto, para cambiar ese edificio, tienen que cambiar el logotipo, tienen que cambiarle el nombre. Dentro de los que se hicieron bien, está la Torre Europa, el ancianato de Caraballeda, el Meliá Caribe en menor medida porque se metieron los decoradores del Meliá. Y el San Ignacio, que también tiene como 92 por ciento de lo que uno quiso hacer.

San Ignacio a mí me parece maravilloso, parece un barco.

Si supieras que tiene algo de eso. Pero antes estaban allí las tribunas de fútbol, y a mí se me ocurrió que las gradas fueran los diferentes pasillos comerciales y de ahí me salió la idea del centro comercial como espectáculo, con unas gradas, eso lo saqué de la tribuna aquélla, que por atrás tenía unas columnas verticales.

¿El nombre de la torre de oficinas del San Ignacio, Kepler, se lo pusiste tú?

No, ese nombre se lo pusieron Luis Penzini Fleury y Eloy Paredes que son profesores de Geometría y de Matemática y que fueron los que lo construyeron y me ayudaron con sus programas de matemática y su conocimiento de varias cosas complicadas que había allá de tipo constructivo, porque las curvas eran muy lejanas. También me ayudaron con el encuentro de las columnas verticales que vienen en unos ejes estrictos de 30 pies cada una, y hay un punto exacto que te da en fachada esa curva que baja y luego vuelve a subir, que es el encuentro de las verticales contra el plano inclinado y que yo quería que se leyera así, que se viera como esa especie de efecto donde hay una intercepción de un plano recto que va muriendo contra el volumen y da esa curva, quería que la curva llegase a ser de esta altura aquí y más alta allá igual que la otra. Puse unas condiciones y ellos me fueron diciendo dónde podía moverse, entonces de ahí pasamos a hacer los planos de obra. Ellos saben calcular y lo tomaron mucho como una obra suya en la parte de geometría y las elipses de las torres.

¿Aparte de Caraballeda tienes obras fuera de Caracas?

No, no tengo ninguna obra fuera de Caracas ni de Caraballeda.

¿Eres un arquitecto totalmente caraqueño?

Totalmente.

¿Pero no ha sido tu propósito, tampoco?

No, cuando he salido de aquí las cosas que he propuesto no se han hecho. Una de las cosas que le ha dado razón de ser a mi arquitectura y a mi manera de ver la ciudad es que yo soy un español originalmente, pero estoy en Venezuela y me parece que esa situación es muy auténticamente española, o sea, que no me siento que me fui de España, siento que estoy igualito que los papás de Simón Bolívar.

Un español americano.

Si, pero un español. Y haciendo una cosa española, que es estar acá, y lo veo así y me gusta mucho, porque me parece que es una manera en la cual todo tiene más sentido y por eso no tengo ninguna idea de volver. Esto es mío.

Tus hijos y España. ¿Has sembrado en ellos cierta hispanidad?

No me dediqué a eso, pero a mis hijos desde que nacieron, tanto los del primer matrimonio, como los que tuve con Hannia, los inscribí como españoles y son españoles, tienen doble pasaporte.

¿Pero los llevaste allá, dieron vueltas con un tío por Zaragoza?

Es que pasa una cosa: yo no soy un gran furioso de la españolidad, la españolidad la llevo adentro, no soy militante, es más, no conozco muy bien a España, conozco muy bien Madrid, conozco algo Barcelona, estuve en Sevilla, pero te digo que no se la he enseñado a mis hijos. María Fernanda, mi hija, es española, Carlos Javier es español, está en Nueva York ahora, le va muy bien y entró con pasaporte español porque con el pasaporte venezolano se le hacía más complicado, especialmente ahora. El caso es que con mis hijos lo que he hecho es que les doy el chance de que hagan lo que quieran con eso, tienen su pasaporte, pero no he hecho más, creo que ellos han visto en mi casa que aprecio mucho a España, la aprecio tranquilamente, sin aspavientos, y me ven que estoy muy al tanto de lo que allá ocurre en el plano político, me puedo leer todos los días El País en Internet, puedo leer La Vanguardia, puedo leer El Mundo, igual que me leo The New York Times, y con eso estoy feliz, estoy al día.

Yo antes iba a España una vez al año, dos veces al año y hablaba con mi mamá y con mi hermana, y había como una grieta, porque ellas tienen su vida allá y yo tengo mi vida aquí. A mí me gusta mucho el que ahora esa grieta se ha eliminado, gracias a Internet, eso es muy bueno, pero no he pensado en irme.

¿Cómo es lo de la Feria de Sevilla?

Hice un proyecto muy bonito, cuando se iba a hacer la Feria de Sevilla, para celebrar los 500 años del Descubrimiento de América. Tengo años pensando en las Leyes de Indias y en la ciudad latinoamericana. Resulta que Felipe González, que es de Sevilla, quería hacer allí la feria de celebración. Sevilla es donde está el Archivo de Indias, donde están los planes fundacionales prácticamente de todas las ciudades de América y entonces la feria se iba a hacer al oeste de Sevilla, que es donde está la isla La Cartuja, donde se hizo la batalla. Se iba a hacer un planteamiento urbano para la feria, pero, claro, es muy importante que ese planteamiento urbano, como en todas las ferias que se han hecho o las que se hicieron en París, luego quede como parte de la ciudad. Entonces, hice una propuesta bastante bien articulada, porque para mí el patrimonio de la ciudad de Indias, de las Leyes de Indias, es un patrimonio vivo, no es algo que sucedió en 1500 y pico, porque la estamos viviendo ahora. Me refiero a la organización de la ciudad latinoamericana con la plaza central, con las plazas pequeñas que son las plazas de las parroquias donde está el jefe civil y la iglesia parroquial, eso está en toda América Latina y se está viviendo. A mí me parece que esa organización de la ciudad con el sistema parroquial, hay que usarlo cuando hacemos ciudades nuevas, por eso lo que propuse es que el nuevo urbanismo se fundase en una ciudad, que es la ciudad de los 500 años de las ciudades de América, que era algo muy bonito. Era hacer una ciudad con su plaza, con una serie de cuadras y ese centro urbano. Luego estarían en las afueras, por decir así, los pabellones de otros países…

Hubiera sido estupendo.

Es que era precioso. Y después se podía transformar en una ciudad universitaria de estudios latinoamericanos. Era crear en La Cartuja la última ciudad americana. Incluso tenía un dibujo, una especie de alegoría con un ángel que conseguí en un grabado, que ponía: «La ciudad latinoamericana que viajó a ultramar». Era como si la ciudad que se fundó mil y pico de veces en América Latina, viene y hace la última fundación, frente de Sevilla, de donde partió. Era algo precioso. Se la mostré al embajador de Venezuela, y lo llevamos allá a una especie de Procurador. En un viaje que hicieron por acá se lo mostré al jefe que estaba organizando la Feria de Sevilla, a todos les gustó, pero resulta que cayó, y eso fue lo que me desilusionó, en un momento de España en el cual el juguete era Europa y no América, o sea, lo que ellos querían hacer en ese momento a mí me pareció muy obtuso, pero fue así, era mostrar que Sevilla y España son europeas.

Tomado de http://prodavinci.com/2009/08/10/carlos-gomez-de-llarena-la-apasionada-caraquenidad-de-un-arquitecto-espanol/

Parque Vargas. Recuento de todas sus estapas: http://www.analitica.com/archivo/art1998.03/contenido/habitat/habitat.htm

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