MUSEO JUDÍO EN JERUSALÉN. El País. España

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El museo judío de la discordia

Un enorme y costoso edificio dedicado a la tolerancia y diseñado por Frank Gehry divide a Jerusalén por su emplazamiento sobre un cementerio musulmán 

JUAN MIGUEL MUÑOZ – Jerusalén – 08/11/2008

El venerado poeta israelí Yehuda Amichai sentenció hace 30 años: “El aire de Jerusalén está saturado de rezos y sueños, como el aire de las ciudades industriales. Es difícil respirar”. En la muy tensa capital jerosolimitana, no propicia el sosiego el faraónico y polémico proyecto financiado por el Centro Simon Wiesenthal: construir un museo sobre el cementerio musulmán más antiguo de la ciudad santa. Tras dos años de litigio judicial, el Tribunal Supremo ha dado luz verde. Frank Gehry, el arquitecto contratado para levantar un edificio muy de su estilo, se pondrá manos a la obra para dar vida al Museo de la Tolerancia. “Su nombre”, ha escrito la crítica de arquitectura del diario Haaretz, Esther Zandberg, “no podía ser más sarcástico para una ciudad donde la tolerancia es cero”.

Las lápidas islámicas todavía reposan en ese camposanto fundado cuatro siglos atrás. Varias organizaciones musulmanas recurrieron al Supremo en 2006 para impedir el alzamiento del museo. Han fracasado. El Alto Tribunal ofreció, entre otros, un argumento peculiar. Como en 1960, cuando se construyó un aparcamiento en parte del mismo recinto, no hubo objeciones, tampoco ahora debe haberlas. Cientos de palestinos y de ciudadanos árabes israelíes, entre ellos el mufti de Jerusalén, protestaron el pasado jueves rodeados por decenas de vigilantes policías. Cuentan con un aliado circunstancial y peculiar, aunque no servirá de gran ayuda: los ultraortodoxos judíos, que consideran sagradas las tumbas.

Ya en 2006, cuando se iniciaron las obras, cientos de esqueletos afloraron a la superficie. Y como el eterno descanso merece veneración, el fallo del tribunal concede a los gestores del museo 60 días para enterrar los huesos en otro lugar o instalar una barrera que separe los cimientos del edificio de las tumbas. Nadie duda ahora que se hallará la solución.

Sobre 30.000 metros cuadrados, y merced a una inversión de 200 millones de euros, Gehry construirá un museo dedicado a la tolerancia y la coexistencia. El más caro del mundo en una ciudad carente de recursos, de las más pobres de Israel. Y siempre rodeado de controversia. Cuando se planteó la iniciativa, en 2004, el Museo del Holocausto se aseguró de que el genocidio de los judíos no fuera abordado. Los promotores afirman que el nuevo museo -que estará dotado con un centro de conferencias, un teatro y museos para adultos y niños- tendrá por objeto las tradiciones judías y las relaciones de Israel con los países árabes. Unos vínculos presididos por cualquier rasgo, excepto por el de la tolerancia.

El museo servirá, sin duda, para borrar un vestigio más del pasado árabe en el oeste de la ciudad. A escasos metros del cementerio, se construye un lujoso hotel en un recinto que perteneció al Consejo Supremo Islámico. Altas torres de viviendas encajonan ya preciosas casas árabes del periodo otomano. Las protestas de arquitectos y urbanistas israelíes surten nulo efecto. Las murallas de la ciudad vieja, construida en tiempos del sultán Suleiman el Magnífico, son desde Jerusalén occidental cada día más invisibles. Un flamante centro comercial y un bloque de apartamentos -eso sí, de precios prohibitivos- son un muro infranqueable a decenas de metros de las murallas.

Zandberg considera que la vida urbana del barrio de Nahalat Shiva sufrirá un severo golpe. Y para rebatir uno de los argumentos que emplean sus promotores, escribía el miércoles sobre el fomento del turismo: “Jerusalén es única en sí misma, si la oferta que realmente es única se gestionara adecuadamente”. No parece que una obra de Gehry, ni el recién inaugurado puente de Santiago Calatrava, puedan convertirse en un reclamo más poderoso para los turistas que las vetustas piedras que inundan la tierra bíblica. Más bien, Zandberg teme lo contrario. “El veredicto del tribunal rompe las esperanzas de frenar este proyecto ridículo que al fin y al cabo no es más que una fuente de disputa y desacuerdo, que inflamará las llamas del odio, y que dará lugar a un adefesio en el centro de Jerusalén”.

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