ENTREVISTA: LUIS FERNÁNDEZ-GALIANO (1950). Arquitecto español. El varapalo

Los espacios sociales en la nueva ciudad (I)

“La arquitectura es, por definición, pública. No puede entenderse sólo en términos formales de cubos o cilindros, texturas, colores. Para mí, entender la arquitectura sin su dimensión política es absurdo”, dice Luis Fernández-Galiano, uno de los críticos e investigadores de arquitectura más lúcidos y prolíficos. Director de la revista Arquitectura Viva desde hace ya veinte años, jurado para incontables premios de arquitectura, ha sido, como él mismo confiesa, más un escritor que un arquitecto, pues ha desarrollado su trabajo entre libros, artículos y publicaciones varias, siempre con un estilo cuidadosamente construido. “Soy un arquitecto sin obra. Mi producción ha girado en torno a los textos”. Ahora, bajo una lluvia torrencial y protectora que invade Madrid, acepta colaborar, mediante una entrevista, para un breve documental sobre la ciudad y sus espacios de relación.

1. La ciudad y los espacios de relación

R: La ciudad carece de espacios de relación adecuados: faltan plazas y parques, pero también centros sociales y locales de vecinos que busquen la relación y la comunicación de las actividades que podemos impulsar desde nuestros barrios. ¿A qué se debe? ¿No son los espacios de relación un derecho social que deben favorecer los poderes políticos?

LFG: Yo entiendo que, durante la Transición, la relación entre las asociaciones de vecinos y los arquitectos era mucho más estrecha. Recuerdo, por ejemplo (por entonces estaba en la Junta de Gobierno del Colegio de Arquitectos), que teníamos una relación muy intensa con un movimiento vecinal muy activo. Es decir, que arquitectos y vecinos confluíamos en batallas parecidas. En defensa de la ciudad, en defensa de la convivencia como lugar político del encuentro. Esto, sin embargo, se ha desvanecido con el tiempo, y ahora vivimos en una sociedad en la que el individualismo extremo de los sujetos, que, como partículas elementales, se relacionan azarosamente, ha hecho que se desvaneciera cualquier tejido social de relación. Y junto a ese desvanecimiento se han desvanecido los espacios que lo acogían. Siguen quedando plazas, siguen quedando parques, lugares donde la gente puede hallarse más azarosamente. Pero no de esa forma más orquestada, que en otro momento se promovía como una forma de representación política, como una forma de intervención en la vida de la polis que no se limite a las elecciones cuatrienales.

De hecho, tiene uno la sensación de que la ciudad se está construyendo de espaldas a la ciudadanía. Nos dirigimos a ciudades cada vez más segmentadas en sus funciones y en sus espacios. El centro urbano, que sería por antonomasia el lugar de relación, se convierte en un espacio hipervigilado, controlado, y, al mismo tiempo, exprimido para la rentabilidad económica. ¿Qué sucede? ¿El poder político no puede defender mejor esos espacios de relación y sacarlos fuera de la productividad económica?

El poder político y el poder económico están en sintonía. Y, desde luego, esa creciente privatización de la ciudad es producto de una creciente privatización de la sociabilidad, de la forma en que nos entendemos a nosotros mismos. Cada vez nos vemos más como individuos que persiguen su carrera o su agenda de manera autónoma, y menos como miembros de grupos familiares o ciudadanos. No nos sentimos parte de una sociedad más vertebrada y comunitaria, sino como personas individuales, que tienen derecho a esa autonomía, y que es en muchas ocasiones narcisista y egoísta, que autores como Houellebecq han descrito muy bien, en nuestra condición de “partículas elementales”, en lugar de agregaciones de interés. Así que yo no diría que el poder político o económico tiene un interés perverso en fabricar esta ciudad, sino que nuestra propia sensibilidad ha derivado hacia esta individualización extrema. Hasta el punto de que, en países como Estados Unidos, los lugares de relación son los malls, centros comerciales enteramente privados. En la ciudad europea, al menos, todavía hay espacios de relación colectivos. En Estados Unidos, todos los espacios de encuentro están sometidos a la supervisión y administración privada.

Richard Sennett, en su libro Vida urbana e identidad personal habla de que el puritanismo nace también de una concepción de la ciudad, en la que la homogeneidad entre grupos e individuos es el fin primero: desde la familia hasta las urbanizaciones privadas, la ciudad se fractura en distintos territorios o barrios, los cuales se aíslan y se encierran en sus identidades parciales, lo que favorece la autoafirmación (y, de nuevo, el puritanismo). ¿Crees que es así? ¿No estará favoreciendo la ciudad moderna segmentada ese individualismo?

Aunque ese libro es antiguo, y Sennett matizó algunos de sus argumentos en libros posteriores, creo que, en sustancia, el individualismo ha sido un factor de liberación social. Frente a las estructuras opresivas de la familia, de los grupos sociales pequeños, estructuras tribales y jerárquicas y de disciplina, el individualismo que se ha promovido desde la Ilustración, ha tenido una función enormemente positiva para liberar fuerza social… Pero hoy el individualismo es disfuncional. O, al menos, el individualismo extremo, que ha llegado a tales cotas de segregación, que, antes o después, veremos un reflujo de formas más comunitarias, que buscan la recuperación de espacios de sociabilidad. En Estados Unidos, de hecho, está sucediendo a través de movimientos de base religiosa, ideológicamente conservadores, de acuerdo, pero que entienden que el individualismo fractura esas estructuras de base tradicional que dotan de cohesión a la sociedad.

Lo interesante de la visión de Sennett es que apunta a la configuración de la ciudad como una de las causas de ese individualismo extremo del que hablas. Pienso en los nuevos Polígonos de Actuación Urbanística de Madrid (PAU), centros urbanos enormes y aislados, que favorecen la homogeneidad de los grupos que los habitan. Y, como también decía Sennett, se están construyendo, a veinte años vista, los espacios de cuarenta mil, cincuenta mil vecinos, sin saber cuáles serán las necesidades futuras de esa nueva población. La planificación urbana, creo, no es tan inocente como se nos quiere hacer ver…

Sí, tienes razón. Creo que en esa postura se juntan dos fuentes de pensamiento. Por un lado, la visión de Max Weber del espíritu protestante y del individualismo, según la cual, el puritanismo, como dices, homogeiniza la ciudad y, al mismo tiempo, la reglamenta y la hace más productiva. Mientras que, por otro lado, el comunitarismo católico es retardatario e impide que las fuerzas sociales se liberen. Sennett habla también de un proceso que hemos vivido en el siglo XX, que es la transformación de la ciudad segmentada verticalmente –en el mismo edificio vivían gentes de muy distinta condición social– hasta la revolución del ascensor, que ha hecho que esa segmentación que se producía en vertical, ahora se produzca en horizontal, de tal forma que las clases subordinadas vivan cada vez más lejos.. A principios del siglo XX, en el primer piso vivían los propietarios, después los administrativos y, por último, la habitación de los criados, ya en las buhardillas. Ahora ya no es así, y las clases sociales subordinadas se expulsan cada vez más lejos. Y esta segmentación en el espacio está produciendo también recintos, barrios cerrados sobre sí mismos, con sus propios mecanismos de cohesión y de protección. A veces, altoburgueses, pero también de clase media o proletarios, que generan sus propios islotes… Al final, la ciudad se convierte en un archipiélago…

¿Y qué pasa con todos esos nuevos barrios segmentados, que pierden los escasos espacios de relación que tienen, muchas veces suplantados por el centro comercial?

Esos nuevos barrios sí que tienen su plaza pública, que es el centro comercial. Este lugar no produce disfunciones o tensiones sociales. Mientras la economía vaya bien. Las tensiones ocurren cuando, como en Francia, hay una devastación del tejido económico de los barrios periféricos, lo que origina que la gente no tenga capacidad de acceso a esos nuevos lugares de encuentro, los centros comerciales…

Quizá estaba pensando más en la falta de espacios como los centros sociales, lugares donde la gente puede relacionarse para organizarse, iniciar acciones, hacer política…

Sí, es verdad. Pero no sé hasta qué punto lo que los americanos llaman cocooning, eso de refugiarse en un pequeño reducto de intimidad algodonosa, no es en cierto sentido nuestra sociedad. Es que la gente ya no necesita ir ni al cine: se pueden descargar la película y proyectarla en el salón de casa. Y esa especie de implosión hacia lo íntimo ha dejado devastado el espacio de relación. Para muchos jóvenes, por ejemplo, sus formas de relación se encuentran en la red. Su plaza pública es el messenger. Sus espacios de encuentro son más virtuales que propiamente físicos.

Pero, ¿crees que hacen falta esos nuevos espacios de relación? Vivimos un auge de espacios de relación privados. Y describo: La Casa Encendida, el nuevo Centro de La Caixa o el Círculo de Bellas Artes de Madrid, espacios gestionados de forma privada…

Privados, en cierto modo. Lugares como La Casa Encendida o el Círculo, yo los juzgo como espacios enteramente públicos.

Sí, pero… Desde la visión de algunos centros sociales, no son espacios enteramente públicos desde el momento en que no están autogestionados.

Creo que eso es una visión muy reductiva de lo público. Lo público mediatizado por sus elecciones políticas no pierde su condición. No sólo lo autogestionario es público; también lo público representativo, a través de los organismos de representación, como los parlamentos, son manifestaciones legítimas de la polis, de los intereses comunes y de las instituciones de las que decidimos dotarnos.

Pero estos espacios representativos sólo consultan a los ciudadanos cuando sus gestores lo deciden, a diferencia de un espacio gestionado horizontalmente, como una asamblea, en la que los participantes pueden decidir sin una estructura jerárquica. Como decía una mujer de Lavapiés del centro cultural construido por el ayuntamiento, “nos trajeron un centro cultural para los vecinos, sin los vecinos”. Es decir, ¿no se pierde algo de la esencia de la participación ciudadana desde esos centros públicos “representativos”?

Sí, de acuerdo, no están orientados a la participación, van de arriba abajo. En el fondo son emisores de ideología. La Casa Encendida, por ejemplo, es más juvenil, es más alternativo, es más off-off. Y emite ideología igual que el Museo del Prado, en distintos segmentos sociales y con distintas sensibilidades estéticas. Pero tienes razón en que en muchos de estos nuevos barrios o PAU la necesidad de hallar espacios de encuentro es dramática. Fíjate en el llamado “bulevar bioclimático” del nuevo PAU de Vallecas. Un grupo de arquitectos muy jóvenes han creado debajo de estas grandes torres -que crean un microclima más fresco, lleno de plantas con riego automático, y que también produce una circulación convectiva del aire- unos entornos para que la gente se encuentre. Es como una plaza pública de encuentro y relación, donde la gente se busca y se encuentra. Son como una especie de condensadores sociales, en el sentido más ruso de la palabra.

Pero, ¿cómo podríamos conseguir que estos espacios de encuentro fueran también espacios políticos, como lo intentan los centros sociales autogestionados?

Creo que en el futuro los nuevos espacios políticos van a estar más en la red que en espacios físicos concretos. La nueva campaña electoral americana, por ejemplo, la que ya está empezando a gestarse, se está librando en distintos ámbitos, pero la red es el más importante. Y ni siquiera en los blogs, los cuales se pensaba que iban a dirigir los debates, sino, sobre todo, en YouTube. YouTube es, ahora mismo, el espacio político por excelencia. Si quieres enviar un mensaje político tienes que tener un vídeo, una imagen, cuya capacidad de movilización es extraordinaria. Lo que está haciendo admirablemente bien Ségolène Royal es, al final, la campaña en la red. La potencialidad que tiene Internet para movilizar a la gente es incluso mayor que la que tiene la ocupación del espacio físico. De hecho, me atrevería a decir que en España es la derecha política la que ocupa el espacio público, y hasta el espacio físico de la ciudad, mientras que la izquierda se ha refugiado en el espacio virtual de los medios. Cuando antes solía ser al revés.

En mi opinión, todo el debate sobre las identidades que favorece Internet (del que habló hace poco Zizek en una conferencia en Madrid) se está olvidando de que los ciudadanos también tienen unas necesidades materiales. Y esas necesidades materiales no las cubre Internet. Está claro que la democracia deliberativa está ahora en Internet, es innegable. Pero la cuestión es qué efectos tienen los discursos de Internet sobre la realidad física, la realidad social.

Pero no cabe duda de que esa plataforma de ideas es la que crea el clima político que luego genera leyes, que al final generan realidad física. Luego Internet sí que influye en esa realidad física. Ahora bien, es cierto que partimos de unas sociedades de la prosperidad, incluso de la opulencia, cuyos miembros tienen acceso no sólo a los bienes materiales básicos, sino también a los bienes ideológicos e inmateriales de la educación y de la comunicación, a la capacidad de articular discursos, de producirlos y emitirlos.

Publicamos la entrevista completa, sin cortes de edición, que hicimos a Luis Fernández-Galiano, incluida en el doble número de verano (234-235) de la revista El Viejo Topo. Ésta es la primera parte de la entrevista, sobre la evolución de los espacios sociales urbanos, y sus conexiones con el desarrollo urbano. [Para leer la segunda parte de la entrevista, pincha aquí]

Futuros mediáticos 4.07.07

Tomado de http://radiaciones.elvarapalo.com/blog/futuros-mediaticos/entrevista-fernandez-galiano-espacios-sociales

Luis Antonio Fernández-Galiano Ruiz es español y nace en Calatayud, Aragón en 1950. Es Doctor arquitecto y catedrático de Proyectos del la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid. Dirige las revistas Arquitectura Viva y AV Monografías, y la sección de arquitectura del diario El País. Ha ocupado la cátedra Cullinan en la Universidad de Rice, y ha sido profesor visitante de las Universidades de Harvard y Pricenton, así como en el Instituto Berlage de Ansterdam. Fue asimismo Visiting Scholar del Getty Center de Los Ángeles, y comisario de la exposición El espacio privado. Como investigador, ha realizado proyectos para la Fundación Juan March, el Ministerio de Educación y Cultura y el Ministerio de Fomento. Ha sido miembro del Comité Científico del XIX Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, ha dirigido cursos en las universidades Complutense y Menéndez Pelayo; ha impartido igualmente conferencias y seminarios en Europa, Estados Unidos y América Latina. Experto del premio europeo Mies van der Rohe, ha formado parte también de los jurados de diferentes premios y concursos nacionales e internacionales. Fue director de arquitectura de Hermann Blume Editores, y asesor de la Editorial Gustavo Gili. Es autor de varios libros y numeros artículos, muchos de los cuales se han traducido al inglés, francés, alemán e italiano. (Miguel Fisac Serna).

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