CUENTO: “Fábula del arquitecto feliz y la blanca y cúbica cabaña”. Alberto Campo Baeza. 1988. Madrid. España

CAMPO BAEZA

Fábula del arquitecto feliz y la blanca y cúbica cabaña

Había una vez, en un viejo país, un joven arquitecto que amaba apasionadamente la Arquitectura y que ¡insensato de él! era un artista que pensaba y construía casas. Era un pensador que construía. Era un constructor que pensaba. Y pensando y construyendo, soñando y haciendo realidad esos sueños, era inmensamente feliz.

Había, en ese mismo país, otros arquitectos que creían poseer la exclusiva de la intelectualidad, que estaban convencidos de ser los únicos poseedores de la verdad. Y despreciaban al artista. “Ese, decían, ¡construye! ¡Construye, luego se mancha!” y tachaban al artista de contaminado, de inculto, de estar de fuera de onda, de impuro. Había, en ese mismo país, otros arquitectos que creían poseer la exclusiva de la profesionalidad y que, también, estaban convencidos de ser los únicos poseedores de la verdad. Y despreciaban al artista. “Ese, decían, piensa. ¡Está en las nubes!” Y tachaban al artista de radical, de duro, de no estar con los pies en la tierra, de riguroso, de purista. Y entre aquellos dos mares furiosos, enfurecidos, nuestro arquitecto, sereno, se hacía fuerte en su isla donde, feliz, pensaba y construía. Pensaba y concebía en sus pensamientos bellísimas obras que podían y debían hacerse realidad. Construía y ponía en pie hermosísimas fábricas que plasmaban aquellas ideas con pasmosa claridad. “Como si ejecutara concibo. Lo que pienso es hacedero, y lo que hago se conforma a lo inteligible”, repetía con el Eupalinos de su querido Valéry.

Y se recreaba en considerar que la Belleza de sus obras provenía de aquel pensamiento construido. “Sin ideas, decía, no puede haber buena Arquitectura: La Arquitectura es algo más que sólo Forma”. “Sin construcción, explicaba, no puede haber verdadera Arquitectura: La Arquitectura es algo más que sólo Idea.

Y pensando y construyendo, soñando y haciendo realidad esos sueños era, inmensamente feliz. Un día ¡Oh día feliz! nuestro eternamente joven arquitecto, el artista, soñó en vivir en una idea: en una blanca y cúbica cabaña. Pues siempre había pensado que en vez de buscar el Paraíso y en él la Cabaña, buscar la Cabaña y con ella el Paraíso. ¡Una vez más el mito de la cabaña primitiva! “Llegar a poder construir un ideal para habitar en él, discurría el artista, debe ser el summum de la felicidad para el hombre racional” ¡Habitar un ideal! ¡Vivir en un sueño hecho realidad!

Al día siguiente, ¡cuán largo se le hizo aquel día de casi más de un año! nuestro artista, con la ayuda de otros locos que le entendieron, puso manos a la obra y ¡construyó la idea! ¡Y cómo latía su corazón cuando iban alzándose aquellos muros que proclamaban que aquella realidad era posible! ¡Y cómo tembló su espíritu cuando la Luz decidió atrapada quedarse para siempre entre aquellas paredes! ¡Y cómo se conmovió todo su ser cuando la Belleza penetró radiante en aquel espacio para no abandonarlo jamás! El artista creyó morir de felicidad.

Y al tercer día ¡todavía dura ese día! descansó. Y vio que lo que había hecho era bueno. Y vivió en aquella blanca y luminosa casa eternamente feliz. Y los pájaros venían a posarse sobre ella. Y los árboles que la circundaban le ofrecían su sombra y sus más sazonados frutos. Y el aire acariciaba la casa al atardecer. Y aunque el artista quiso refugiarse en el silencio, la Luz y la Belleza y la Arquitectura no cesaron de proclamar a los cuatro vientos lo que allí había sucedido.

¿Llegará alguien alguna vez, en alguna parte, a oír el canto de esas voces?

Texto de Alberto Campo Baeza cuando construyó la Casa Turégano, Madrid. 1988.

turegano_pav_img_04

About these ads